POSDATA DIGITAL POSDATA DIGITAL

Tragedia en el Hotel Watson

"Aún recuerdo esos pasillos que se atornillaban a mis pies inquietos. Seguía sintiendo el frío, el mismo que había sentido al bajar del barco. Tal vez hubiera sido la distancia el puente que unió esta sensación de vacío."

La Cima Del Tiempo Sil Pérez

 13335779_1240120996013114_8907822864499602575_n.Foto:mendozantigua.blogspot


Posdata Digital Press | Argentina

sil PérezPor Sil Pérez | Escritora | Poeta 


       

TRAGEDIA EN EL HOTEL WATSON

No puedo negar que la situación en el país es bastante alarmante. Soy consciente de que se vienen momentos cruciales. Este jueves negro es un verdadero caos, también para estas tierras. Juro que, en cincuenta y seis años, jamás viví una depresión de esta naturaleza. Un 24 de octubre que, según El Mundo, pronostica como la gran tragedia. Y no es por nada, pero este matutino suele pegarle a la tecla bastante seguido. No sé si será por esta masacre bursátil, pero hoy siento la necesidad de escaparme y escribir. Sí, eso precisamente: huir de este presente atrofiado y meterme en otro, que no será mejor, pero al menos ya es parte del pasado. ¿¡Y qué otra cosa puede hacer este viejo arruinado que nada tiene que perder!? Buenos Aires no duerme, y los canillitas padecen por estas horas una hecatombe laboral. Nómades de las noticias, hoy son esclavos de un tiempo que se esfuma y se cae a pedazos. Pero mi historia aún no ha salido a la luz. Al menos no de mi propia voz. Hoy quiero, hoy siento, que debo contar mi verdad, aunque en ella deje el último suspiro.

Soy Volker Scheiber, hijo de un matrimonio de inmigrantes que, por 1878, desembarcó desde la lejana Hamburgo. ¡Y qué joder! Ahora que tomé la decisión de escribir, no sé por dónde empezar. Se me nubla la vista, y un nudo ciego me acogota la garganta. No por nada demoré tantos años en decidirme.

A ver si entre tanta timba financiera logro concentrarme y exorcizar estos demonios que llevo dentro, estos fantasmas que tanto daño me hacen. Conviví con estos toda mi vida, y nunca me atreví a enfrentarlos. Son las siete y treinta de este jueves donde colapsa New York y estalla mi memoria. Me alejo del ruido febril y, como dice mi querido Discépolo, «qué vachaché». Arrimo mi cabeza y, sin sacarme este estropeado sombrero Carrasco, observo por mi ventana al conductor de un Ford A color bordó discutiendo con el de un Phaeton verde militar. La gente está eufórica por este gran quilombo económico. Entonces me pregunto, una vez más, si no será mejor cerrarme al mundo de este tiempo infame y abrirme a mi propia historia. Al fin y al cabo, la delincuencia seguirá asociada al Gobierno, y Ruggerito será siempre el pistolero del caudillo Barceló.

Pero aún puedo darme el lujo de incrustar, sobre este Odeón, la pasta de la bella Lili Marleen. Y sí, aquí se me cierra el estómago, y la emoción se me derrama por las venas. Siempre la amé, y tuve con ella todas las fantasías que un hombre puede tener. ¡Ay, Lili! Bien, entonces me animo, sí, sí, a escribir, porque en eso estaba cuando me distraje.

Recuerdo muy bien aquel viaje. Porque mis cinco años fueron suficientes para ver lo que no hubiese querido. Pero ahí estaba yo, junto a Luther, mi hermano mayor, mamá y papá, viajando desde la ciudad de Alstandt hasta la tierra del Cambalache. Treinta fueron los días. Un mar absoluto fue lo único que nos rodeaba. De tormentas, de vómitos y de bailantas en la bodega. Recuerdo los pisotones de los bailarines improvisados de la Polca y del Landler. Cada jueves podía sentir esa agresión casi como algo personal. Odiaba mi corta edad. Fui un estorbo durante las noches burbujeantes del Apfelwein, del Jägermeister y del Federweisser. Así nomás estaban dadas las cosas. Ellos, los grandes señores se divertían, mientras yo terminaba aplastado como una cucaracha en un rincón del inmenso Hamburg Amerika Linie.

De todas formas, no puedo decir que mamá Marlene y papá Derek hayan sido malos padres. Al contrario, pero ser el más pequeño no siempre tuvo sus ventajas. En eso Luther la tenía más fácil; ya adolescente, era en el barco un galante afortunado. Las mozas se atrevían a las pasarelas por la cubierta ostentando sus faldas estilizadas con bonetes al tono, con un andar bohemio y seductor. Como a mí nadie me miraba, yo tenía todo el tiempo del mundo para ver cómo, entre risas cómplices, ellas conspiraban un encuentro casual con el mayor de los Scheiber. En fin, con defectos y virtudes, la tierra prometida nos esperaba a todos por igual.

Con nosotros viajaba un amigo de la familia de apellido Schmidt. Herman era su nombre. De unos veinticinco años, muy apuesto y de gestos amigables, solía recurrir a nosotros para evadir la soledad. Al menos esa era mi impresión por aquellos años. Nunca le conocí novia; ni siquiera lo vi alguna vez acompañado de manera circunstancial. Durante el largo viaje permaneció cerca de nosotros más de lo habitual. Tanto él como nosotros pertenecíamos a una clase social media. Los agricultores no viajaban en primera clase, por lo que los compartimentos se encontraban dispuestos uno al lado del otro. No había mucha intimidad, pero sí una gran cercanía, por si alguno necesitaba algo del otro. En esas cuestiones, Herman siempre era muy solidario.

barcoFinalmente, un 28 de setiembre por la mañana, el trasatlántico dejó sus primeras anclas en el puerto de Buenos Aires. (A bordo nos habíamos enterado de que ese trayecto había sido su viaje inauguración). Era una mañana muy fría y ventosa. Recuerdo haber sentido ese frío como algo diferente a lo habitual. Pero, lejos de supersticiones, supe desde un principio que esa sensación se debía a que mi lederhose gris se encontraba húmedo y bastante sucio. Aunque eso último ya nada tenía que ver con la sensación térmica. En fin, esta camada de alemanes del Volga ya estaba en suelo argentino. Nos miramos con la emoción que habrán sentido los colonizadores al pisar tierra firme. Papá era el único de todos nosotros que mantenía una conducta distante. Como si nada lo asombrara. Sus bigotes habían crecido hasta taparle sus labios finos, y su sonrisa era ausente. Solo de vez en cuando solía entremezclar alguna palabra cariñosa y protectora (Ein liebevolles und schützendes wort). Pero así era él, y mamá lo acompañaba, y hasta lo comprendía. 

Bajamos como pudimos, en medio de un tumulto de personas que hablaban diversos dialectos con la misma esperanza. Nos esperaban para trasladarnos en grupos y en amplias carretas hasta una casa de enormes dimensiones. Nos dijeron que allí pasaríamos la noche, y lograríamos por fin bañarnos y comer algo caliente. Sí, claro, estoy hablando del Hotel de Inmigrantes. Por lo que había escuchado por aquel entonces, luego de algunas horas, algunos partirían hacia Entre Ríos. Esos campos esperaban a nuestra gente para arar las tierras, y recibir la manutención de tierras fiscales por un año. Pero, por lo que pude escuchar entre murmullos que se escapaban, nosotros iríamos a una colonia cerca de Olavarría. Hinojo, sí, así era su nombre.

La primera noche, la guardia nos acercó hasta las habitaciones. Siguiendo un pasillo interminable y de paredes despintadas, finalmente llegamos a la 38 y a la 39. Las numeraciones eran continuas, ya que con nosotros viajaba nuestro amigo Herman. Aún recuerdo esos pasillos que se atornillaban a mis pies inquietos. Seguía sintiendo el frío, el mismo que había sentido al bajar del barco. Tal vez hubiera sido la distancia el puente que unió esta sensación de vacío. Pero estábamos todos juntos y, al fin y al cabo, eso era lo que nos fortalecía. Solía reírme de mi hermano Luther porque era muy largo y sus pies sobresalían de la estructura de metal. Los barrotes se le incrustaban en sus tobillos y no sé por qué yo sentía alivio, ahora sí, de ser más pequeño.

Pero, lamentablemente, no todo lo vivido por aquellos años resplandecía de inocencia.

¿Pero qué pasó ahora? Estos dos choferes siguen discutiendo. Escucho sus voces que ingresan por la ventana de mi habitación, como un estruendo que explota en mi cerebro. Intento narrar una parte de mi vida, y aquí cunde el salvajismo. ¡Es que no lo puedo creer! Aquí afuera ya están los voceros de la calle entonando el secuestro extorsivo del inmundo asesino Arquímedes Puccio. Hace días que la gente no habla de otra cosa. Aunque quiera evadirme, no puedo dejar de sentir angustia por la muerte del señor Manoukian. También por Aulet y Naum, claro, pero a estos dos empresarios no los conocí en persona. Pero estas primicias no son las únicas. Aún resuenan por las calles las del caso Zwi Migdat. La famosa casa de la profesión más vieja sigue dando mucha tela. Así es nomás la clandestinidad y la infamia en todo su esplendor. ¡Ay, Dios mío! Mejor me acerco a la alacena y me sirvo el tinto de mi amigo Vecchi. Será otra buena idea de evasión. Sus bodegas deben ser la única inspiración por estos tiempos, al menos para mí. ¡¿Pero y ahora que pasó, carajo?! La púa del Odeón dejó de girar. Aún no sé cuándo sucedió. No importa: la distracción bien vale la pena para unos discos de De Caro y, ¿por qué no?, del Zorzal. Ahora sí regreso a mi mundo.

La distracción no es inocente, así como tampoco lo fue mi infancia. Por algo evito continuar justo en el momento más punzante. Pero aquí estoy, dándoles batalla a mis fantasmas.

Entonces llegó el día (en verdad, la noche). Cerca de las 21, si mal no recuerdo. Luego de haber jugado junto a otros dos leutes en el patio del gran hotel, caminé hacia la habitación de mamá y papá. Estaba exhausto de tanto haber corrido y jugado al ladrón. Subí las escaleras pero, al girar el picaporte, noté que la puerta estaba cerrada con llave. Miré hacia los rincones del pasillo del primer piso pero, por la hora, ya casi todos dormían. Esperé sentado en la puerta. Esperé a mi hermano, que por esos días se había hecho amigo de unos polacos, los Kozlowski. Eran dos personajes bastante intrépidos, por lo que nunca llegaba antes de la una. Esa noche, por suerte, llegó más temprano. Al ver la puerta cerrada, se sorprendió tanto como yo. Golpeamos una, dos, tres veces. Cada vez con mayor intensidad, como si ese bloque de madera macizo fuese a darnos alguna respuesta. Nadie respondió. Éramos muchos en el hotel pero, por lo que pude apreciar, pocos los solidarios. Con Luther nos miramos como quien mira a un extraño, en absoluto silencio. El hotel tenía un mirador para divisar la llegada de las diligencias. Nos asomamos para ver si los veíamos cruzar la calle. Pero ninguna señal. Por ese entonces, el mundo andaba tan convulsionado como ahora. Según escuchaba por ahí, los titulares solo hablaban de la inmigración que había propuesto Avellaneda y de la sangrienta campaña al desierto de Rocca. Un festín para El Mosquito, el sarcástico periódico dominical que no les perdía pisada a las caricaturas burlescas. Y, en medio de este panorama dantesco, el temor por el regreso de la viruela. Pero Luther y yo nos enfrentábamos a la quietud de un tenebroso pasillo, que con total impunidad nos eludía.

Nos quedamos dormidos frente a la puerta. Sí, eso finalmente ocurrió ante el murmullo, ahora ausente de los habitantes. Habrá sido a eso de las siete de la mañana cuando el pasillo despabiló y comenzó a cubrirse de personas que iban y venían. Una mañana igual a las anteriores. Rostros impávidos que aún no hablaban español, pero que entendían que estaban allí para dejar huellas en la memoria. Para hacer patria, como ya decían los grandes. De nada se percataban. Claro, sí ya habían dormido lo suficiente y seguramente de manera confortable.

De repente ese tumulto de personas comenzó a murmurar. Comenzaron a mirarse entre ellos, y nos miraban con acentuada insistencia. Sus rostros eran de terror, como si estuvieran viendo al mismísimo diablo. El sol encandilaba nuestros ojos claros y aún no comprendíamos qué estaba pasando. Los murmullos aumentaban el tono, y la impaciencia era aún mayor. Comenzaron a subir las familias de planta baja y se acercaron junto a los que estaban en el primer piso. Nosotros, recostados aún en la puerta de entrada, y todos nos miraban, como si de dos criaturas extrañas se tratara. De inmediato, y a pasos agigantados, se aproximó un hombre uniformado. Se acercó directamente hacia nosotros. Se presentó. Su nombre: Frederick George Abberlin. Seguidamente nos mostró su credencial y, con voz ronca pero firme, nos dijo que era el inspector local a cargo del Departamento de Investigación Criminal de la División Homicidios. Tanto título nos asustó bastante, aunque no tanto como las miradas insistentes de los curiosos. «¿Pero qué pasó, señor inspector?». La pregunta se escapaba en tono agrietado desde nuestros labios tiritantes. ¿Dónde están nuestros papás? Recuerdo que comencé a llorar y que mis gritos de fiera herida sucumbieron por los dos pisos del gran hotel. Mi hermano zamarreó mi hombro y de un empujón logró callarme. Aún no sabíamos lo que había ocurrido, pero presentíamos que todo encajaba en una tragedia impensada.
Ese señor de sombrero azul y ojos saltones nos miraba extenuado. Vi unas líneas de sudor sobre su frente que se deslizaban tímidas hacia su oreja. Aunque su grueso cabello castaño logró escabullir ese recorrido. Nos miró fijo durante un rato, que fue largo y eterno. Luego esa mirada se estancó en un gesto de piedad. Esos minutos de silencio se transformaron en siglos de incertidumbre. De repente mi hermano vociferó: «¿Y, para cuándo, señor? ¡Hable! ¿Qué pasó con mamá y papá?». No bien terminó de realizar la inevitable pregunta, observó asomar la silueta desencajada de Derek Shaider. Con la cabeza inclinada, como desaparecida del resto de su cuerpo, y con los ojos inundados en llanto y a pasos asimétricos, regresó hasta la puerta de la habitación, donde todos esperábamos. Jamás olvidaré el cuerpo abatido de mi padre. Sus gestos, que habían sido inmutables, se vieron por entonces empañados en un grito desconsolado. Los tres nos abrazamos ante el dolor de algo que aún no sabíamos, pero que presentíamos. «Mamá, mamá, ¿está muerta mamá? Papá, señor policía, ¿qué está pasando? Dígannos, por favor!». El inspector no emitió palabra y solo atinó a tomar del brazo a mi padre. Ahí nomás llegaron dos agentes de policía y, ante el alboroto de los curiosos que ya eran parte de la historia, nos comunicaron que nuestra madre había sido asesinada. Que el asesino había sido nada menos que nuestro amigo Herman Schmidt. La sensación de la noticia nos dejó sin habla. Caímos al suelo, y no pudimos levantarnos. Quedamos paralizados ante el horror de lo que estábamos escuchando. En ese momento los gritos llegaban hasta el mismísimo puerto. Y hasta sentí en mi cuerpo el mismo aire gélido de cuando bajamos del barco. Nos abrazamos y, en la mayor de las congojas, el mundo desapareció de nuestra vista. Lloramos desconsoladamente por la muerte de nuestra madre, pero jamás consideramos que Herman pudiese haber sido el asesino. ¡¡Jamás!! Nunca podría Herman haber intentado algo así, mucho menos con alguien de la familia. Si era como nuestro hermano mayor... Alguien que tanto nos protegía... Salimos de inmediato de ese pasillo aterrador. Tanto papá como el señor Abberlin nos llevaron hasta el lugar del crimen. Hasta un hotel de nombre Watson. Allí, en una lujosa habitación, se encontraba el cuerpo de mamá, desparramado sobre una cama armoniosamente decorada. Lo que hasta entonces nadie nos había dicho es que también Herman había fallecido. Eran dos los cuerpos dentro de la misma habitación. No quisimos interpretar lo que había sucedido, tal vez por vergüenza o por respeto a mi padre. No pudimos dejar de llorar ahora por ambos, a quienes queríamos de diferente manera, pero que a su vez formaban parte de nuestras vidas. No me permitieron acercarme para verlos, pero yo, ante la desesperación, mordí al agente que me estaba sosteniendo fuertemente, y le arremetí una patada en los genitales. Luego me escabullí entre la servidumbre y logré acercarme a la habitación. Allí pude verlos por última vez. Jamás olvidaré aquella escena. Dispuestos sobre la cama, parecían dos náufragos abrazados ante el impulso inevitable del huracán. Sus rostros padecían el tormento de un amor a destiempo. Dos cuerpos desnudos de verdad y de silencios. La sensación fue horrorosamente cruel, porque allí también estaba mi padre. Y las noticias por esos tiempos no perdonaban, mucho menos si se trataba de amantes asesinados. Por supuesto que fueron primera plana de La Nación, y hasta de La Protesta. Papá jamás se recuperó de aquella tragedia, y falleció de depresión a los pocos meses. Mi hermano convivió con sus fantasmas algunos años más. Aunque después enfermó de tuberculosis y finalmente se suicidó. La obsesiva investigación sobre el crimen continuó siendo el principal objetivo del señor Frederick Abberlin. Según los primeros procedimientos, se precisó que Heman había matado a mamá y luego se había suicidado. Pero, hasta el día de la fecha, nadie encontró el arma suicida. Todo sigue siendo una gran incógnita. Nunca más volví a tocar el tema con papá. Más allá de lo sucedido, creo que él presentía ese final. Tal vez lo supo desde siempre, o simplemente aprendió a convivir con el fantasma de la culpa. Son muchos los interrogantes para esta pesadilla que hace años me persigue.

Pero aquí estoy, en el umbral de mis días y enfrentándome finalmente al desafío de contar esta historia desde mis penumbras y ante el agobio banal de mi existir.

¿Y ahora? ¡Pero que lo parió! Otra vez crepitó la púa de la victrola. Parece que me está pidiendo una del Pinocho Canaro. Pues ahí va nomás.


 

 


                              

Te puede interesar

Lo más visto

Boletín de noticias