La habitación macabra

La Cima Del Tiempo Por
"Miro sus ojos claros que insisten en el cielo. Desorbitados y abiertos a la duda, abrirán el camino de la evidencia".

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Posdata Digital Press | Argentina

sil PérezPor Sil Pérez | Escritora | Poeta 

Llegué al lugar del hecho alrededor de las 22.00. Para ser más preciso, a las 22.15.  La puntualidad no siempre me dio certeza, pero sí un cierto alivio. Como si llegar temprano fuese el preludio de la verdad. (Ese tesoro deseado, al menos desde la mirada perversa de mi coraza). Al fin y al cabo, el cuerpo, cansado de esperar, termina vomitando su evidencia. Entonces me replanteo lo del tiempo, y caigo en la esfera de la duda, sí, de esa duda que alimenta mi obsesión.  

Está lloviendo, de manera intensa. Jean Jaures es un desierto mutilado por el agua. Una lámina blanca cae a pedazos sobre el asfalto impávido. Su crujir es una exaltación.  En las cercanías se escuchan gemidos de amantes que improvisan su placer ante el manto húmedo de esta lúgubre ciudad.  Una luz de escasa intensidad promueve la liturgia prohibida de dos cuerpos entregados al grito mezquino de un tiempo que se ahoga. Me quedo pensando en esta escena, tal vez porque aún me restan dos minutos más para entrar a la siguiente, la cual será diferente y similar a tantas otras.  

Regreso a aquello de lo que entiendo que es mi realidad. Dirijo mi vista al edificio que es hoy mi destino. Cruzo la avenida, por esas horas desolada. Subo los cinco escalones de ingreso, custodiados por dos grandes andamios. Al parecer, estancados.  No registran evidencia de haber sido utilizados por ninguna persona de mantenimiento desde hace años. La estructura es añeja, de los años cuarenta. Calculo esto por el espesor agrietado de sus paredes y por el diminuto ascensor de puertas corredizas negras, con capacidad para tan solo dos personas. Todo en su armonía es lamentable. Un deterioro progresivo y susceptible al preludio de cualquier tragedia. 

Debería tomar el ascensor. Aunque solo lo observo con la sutileza que me provoca esta fobia maldita. Estos edificios parecen llevar consigo el signo de la muerte. Un sello que, impregnado en sus paredes, agudiza mi percepción. Existe en el ambiente un repugnante olor a abandono. No puedo dejar de ser obsecuente a este olfato quisquilloso. Apuro mis pasos para evitar que mis fosas nasales absorban esta humedad empecinada. El tránsito me lleva hasta una escalera generosa de mármol de Carrara. Subo el primer escalón. El contacto con esa tarima álgida repercute en mis pies solitarios, que ahora se tornan fríos. Casi mortuorios. El crujido que dejan mis zapatos de charol al rozar estos trozos de escarcha es un alarido salvaje que perfora mis oídos. Los escalones son treinta y dos. Una cima que mi ansiedad y yo pretendemos alcanzar a cualquier precio. Siempre es así. Lo pienso y hasta me da risa. Jamás termino de acostumbrarme a esta necesidad de escarbar el misterio, de desmenuzarlo, para luego devorarlo, y así nuevamente alimentar mi ego. 

Creo escapar, pero voy metiéndome aún más en la piel de la barbarie.  Me llamo James Barton  y, aunque suelo acariciar la muerte con lujuria, siento también por ella una indiscutible pena. Una compasión lejana y amorfa, pero pena al fin. 

La puerta es la C, del séptimo piso del edificio Bristol. El muro sellado es de madera carcomida, un descuido del hombre más que del tiempo. La golpeo con ansias, como queriendo derrumbarla. Como si al  hacerlo despojara la desidia que envuelve este lugar. Como si ese golpe seco fuese a darme los primeros indicios de verdad. Mi profesión me obliga a encontrarla, aunque con mis uñas tenga que escarbar los ladrillos de estas vallas decrépitas. Me instalo frente a la puerta que tengo delante. A segundos del primer golpe, asoma una mujer de unos sesenta y tres años, cubierta por una bata gris y con unas zapatillas de cordones negros a medio atar. Detrás de sus ojos empañados en lágrimas, asoma un azul de color intenso. Como si existiera una segunda capa que los cubriera. Me detengo a apreciarlos con cierta admiración:  una de las virtudes que aún llevo conmigo.

­­­—Buenas noches, soy el oficial inspector de División Cuarta de Stand Grove. 

Con la credencial distintiva que se eleva soberbia desde mi mano derecha, me anuncio con cortesía limitada. Aprovecho esa liturgia para extraer, del bolsillo interno de la campera, un anotador improvisado y una pluma negra Iridinoid, mi preferida por años. Como diría mi abuelo, en mis recuerdos de infancia: «Artilugios para despistar a la gilada».

—Buenas noches, inspector, soy Anastasia, la mamá de Aurora. ¡Bueno, lo fui hasta ahora! — exclama la mujer de voz acongojada y de ojos ahogados por el llanto.  Sus lágrimas cubren el surco de su rostro níveo e insípido como el agua.

Me detengo unos segundos. A esta altura no puedo permitirme distracciones. El campo, o sea el departamento, se encuentra avistado por innumerables personas. De este universo debo sustraer a los fundamentales, y eliminar a quienes se apersonan para contar chismes en la feria del domingo.

Existe en este habitáculo una esfera inconclusa de aire viciado. Una masa que permite olfatear el miedo. Una vez más, mis sentidos se agudizan para escarbar el terror acumulado en la mirada de los presentes.

Camino tres pasos hacia adelante, mientras los visitantes acompañan con la vista mi breve trayecto. Es como subir al escenario y, sin saber el libreto, comenzar a improvisar. Nadie sabe lo que diré y, sin embargo, están todos atentos. No se percibe más ruido que el de sus propios latidos. 

La habitación se encuentra provista de ocho personas. Tres de ellas, menores de edad; cinco,  entre los cuarenta y sesenta años.  De los adultos, tres son del género masculino.

La primera impresión es la que me registra la imagen, en esta antesala de terror. Porque, aunque aún no haya llegado hasta la víctima, sé que me encontraré con algo desgarrador. Si hay algo que nunca perdí, ese algo es la lógica de la percepción. Creo que jamás lo haré mientras continúe siendo el rey de este juego macabro. 

La puerta de la habitación se encuentra cerrada. No con llave: simplemente asomada. Voy camino hacia allí, mientras una ola de miradas atónitas implora que no lo haga. Tumban sus miradas al piso, como si se les escapara del cuerpo. Mientras, yo avanzo sin piedad. Oprimo mis manos y giro el picaporte; su tornillo desajustado roza mi guante negro. Deshilacha la punta del dedo pulgar. La abertura se abre mientras emite un rugido de fiera hambrienta.

Estoy dentro de la habitación de que lo en vida fue Aurora. Hoy un cuerpo amorfo yace sobre su cama. La figura de una mujer de unos cuarenta años posa indiferente ante cualquier murmullo. Yace boca arriba, como queriendo suplicarle al cielo una explicación. Como diciendo que ya no le hace falta ese manto tibio de sangre que la está cubriendo.  Que ya no tiene frío, ni tiene miedo, ni tiene nada. 

Me acerco a ella, mientras cierro la puerta que invita a los curiosos. Me aferro a su soledad y a la impotencia de darle de manera inmediata una explicación. Pero necesito hablar con ella. Su cuerpo irá dándome las respuestas. Como en un acto de amor, será consecuente a mis intenciones, que no son otras que la firmeza más cruel y sensata de lo que en verdad ocurrió.

No dejo de mirar su silueta desnuda. Sus signos vitales dejaron de existir hace aproximadamente tres horas. El aura aún permanece en la habitación; la percibo, aunque no soy creyente. Siento la necesidad de crear un dios que implore y se haga cargo de esta crueldad. Tomo sus manos que aún resisten al sudor acumulado. Miro sus ojos claros que insisten en el cielo. Desorbitados y abiertos a la duda, seguirán dando evidencia. Su boca entreabierta es un hueco donde se esconde su último aliento. La última palabra lanzada al aire y retenida en esta habitación dormida.  Sus piernas son dos muelles abiertos al horizonte más oscuro y miserable. Sus pechos desnudos, un campo de batalla agrietado. Un grito apuñalado aún yace en el aire de este reducto de infierno. Una súplica que no llegó a destino, que  masticó esa fiera asquerosa que hoy es mi objetivo. Por eso estoy aquí: para desmarañar este desorden de sábanas que destapan el último gesto. La imagen atormentada que albergó el rostro de Aurora. 

No quedará impune. Soy, en el arte de esta profesión, un depredador. Mastico a mi presa hasta asfixiarla. Merodeo la causa, hasta encontrar la guarida. Allí donde habita la verdad. Soy un lobo sanguinario que se esconde y aguarda las huellas en el lodo de la torpeza. Esa debilidad que la fiera manifestará inevitablemente.

El ventanal de la habitación se encuentra entreabierto. Siento un frío definido por un viento que asoma. Es delgado. Consecuente a la dimensión que existe entre cada gajo de abertura. No mayor que cinco centímetros. Suficiente para distraerme. Acudo a cerrar la ventana, mientras escucho un crepitar desde la madreselva crecida del balcón. 

Mi sentido agudizado por la desconfianza me permite tomarme atribuciones, que a veces distorsionan el sentido común. Pero estoy solo en esta causa: aún no han llegado refuerzos. Me encuentro en la realidad suprema de advertir que el tiempo es limitado. Que no puedo ahondar por tantos vericuetos. Que debo ser cauteloso y esperar a que el cuerpo hable, desde su templo más silencioso y desde su verdad infinita. 

Mientras tanto, escucho voces que provienen del comedor. Sí, han llegado los forenses y el cuerpo policial. Junto a los familiares y curiosos, han trazado un terreno de posibilidades. Una geografía que habrá que comenzar a trabajar. Es hora de ahondar en las primeras preguntas.

Salgo de la escena y me aproximo a una de las cinco personas adultas que allí se encuentran. Comienzo con la tertulia rigurosa de indagaciones. Primero por las banales, para ir tomando el pulso de confianza necesario. La presa no debe sospechar que será devorada. En esta incertidumbre se ampara el resultado. Mis ojos alertan alteraciones colectivas. Miradas que como ríos confluyen en el cauce de la complicidad. Seguro, el miedo desplazará de su tablero la pieza elemental. Pero el juego nunca es del todo factible. Prosigo con las preguntas a cada uno de los visitantes y, mientras hilvano la primera hipótesis, voy anticipando próximas estrategias. Un nudo que iré desenmarañando con esta paciencia felina que me caracteriza.  

La noticia de la muerte fue anunciada por el portero quien, luego de varios llamados, ingresó al departamento y se encontró con el peor de los cuadros. Luego, el llamado obligatorio, los vecinos, la madre y dos primas de la víctima que por esos días habían llegado al vecindario de visita. Los hombres, amigos circunstanciales, y hasta ahora piezas elementales de una complicidad que se huele. Una postal familiar que se incendia ante la mirada inquietante y prejuiciosa de la moral. Todo va encajando de manera minuciosa, aunque los detalles de alcoba no juegan en este cuadro, no dejan de perturbarme. 

Estoy a punto de interrogar a quien me llamó la atención no bien saqué la lapicera de mi campera. En ese momento, un viento proveniente de la habitación hace epicentro en la sala. Sacude la puerta de manera violenta, la abre y la cierra, manifestando un golpe seco. Entonces recuerdo que la ventana quedó entreabierta y que los cinco centímetros podrían haber ampliado ese perímetro de grieta, golpeándola de par en par. Es una posibilidad pero, hasta no ingresar, la duda me exacerba, por lo que ingreso de inmediato y veo que los gajos de la abertura se encuentran exactamente en la misma dimensión.  Un espesor que no debería alterar el curso del viento. Todo sigue en su lugar, menos la evidencia más concreta, el único cuerpo que podría darme fiel testimonio de la tragedia ya no yace en su cama. De manera inexplicable, Aurora no está en esta habitación. Tampoco las personas detrás de la puerta, ni el placer de dos almas entregadas al deseo, en este pueblo  secular y deshabitado. 

 

 


 

 

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