El hombre simétrico

El Arca de Luis Por
Podría haber sido cortado con una gran guillotina por la mitad y el resultado habría sido dos mitades perfectas.
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Posdata Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante

Todo en él era simétrico, pero lo desconocía. No solo la manifestaba, si no que la contenía. Su cuerpo, las facciones de su rostro, sus ojos; todo él era simetría pura, hasta en su forma de andar, de sentarse. Podría haber sido cortado con una gran guillotina por la mitad y el resultado habría sido dos mitades perfectas, inmejorables, impecables. Solo hacía falta verle frente a un espejo para darse cuenta de que no había lado izquierdo o derecho en el reflejo. Si hubiera sido quizás más observador, se habría dado cuenta de que incluso en sus descansos era simétrico: doce horas despierto, doce horas dormido; igual de calorías en la comida que en la cena.

A su paso por donde fuera que anduviese ¡como no¡ era seguido por los ojos de hombres y mujeres, mitad y mitad, atraía a uno de cada dos, de la misma manera que a las invitaciones de bodas, bautizos o comuniones si acudía a una a la otra no lo hacía. Nadie en el mundo había como él, quizás porque la naturaleza no podía permitirse más de un hombre simétrico, con todo lo que esto conllevaba si uno se ponía a pensarlo con detenimiento. Un hombre simétrico, era un hombre único.

En algún momento concreto debió de darse cuenta, de intuirlo… con la mitad del mundo se llevaba bien y con la otra mitad… bueno, está claro. En el trabajo, por ejemplo, disfrutaba la mitad de las vacaciones que los demás compañeros de la empresa en que trabajaba, si ellos tenían treinta días el solo gozaba de quince, sin embargo él, de sus doce horas de estar despierto solo trabajaba seis y su sueldo era justo la mitad del sueldo más alto, por lo que no le quedaba nada mal existiera esa relación laboral. Era como si un reloj interno le dijera cuando algo no funcionaba bien en su simetría y de pronto supiera que hacer para subsanarlo. Si compraba un regalo, un reloj por ejemplo, no compraba el reloj que valiera lo que la mitad del más caro, si no que en ese caso la simetría se daba respecto al montante del dinero que llevase en el bolsillo: La mitad sería el precio que buscase… Aunque tuviera que regatear y trapichear con el vendedor para conseguirlo. Su tendencia sexual era bisexual, pero solo era eso, tendencia; rehusaba el contacto de unos y otros. Alguna de sus dos partes simétricas le decía que algo no andaba bien y que quizás si hubiese alguien más como él, todo cambiaría, su yin y yang se bifurcarían, se transmutarían en un  único Tao que le inundaría y reconduciría como un ser normal, como una persona asimétrica.

El compañero que me contó la historia en el cuartel, ante mi más total escepticismo en aquellos momentos y días; no tuvo ocasión de terminar de narrarla al ser llamado en ese momento ante la presencia del capitán. Por aquel entonces, en lo que pensaba cualquiera que estuviera acuartelado era en salir al toque de corneta y tomarse unas copas junto a una buena compañía femenina y quizás con suerte cenar y luego ir al baile que hacían todas las noches cerca del puerto. Raro eran en esos días y más aún en sus noches, que no se diesen peleas sin venir a cuento y terminasen en un calabozo o comisaría durmiendo la borrachera entre los ronquidos y vómitos de otros presos civiles.  Días después, hice por verle con el fin de enterarme de más, pero fue en vano. Le habían trasladado de cuartel y no quisieron darme más detalles en cuanto a su destino. No me quedó pues, más que resignarme y soñar en como podría haber acabado aquel hombre en caso de ser cierta la historia. Con el tiempo olvidé este suceso; nunca más volví a oír hablar del tema y en mi mente quedo archivado como: caso abierto.

Años después de haber terminado el servicio militar y estando ya casado y con dos hijas fruto de aquellas fiestas nocturnas en el puerto, me di prácticamente de bruces con mi amigo perdido; aunque algo más viejo, conservaba su nariz gordinflona y sincera y aquellos ojos extremadamente claros de color azul, que tanto dieran que hablar entre la población femenina en aquella época de milicia en que le conocí.  Tras saludarnos con efusión, con ese tipo de abrazos que solo se dan en el ejército y que recuerdan al de un oso gris afilándose las uñas en un tronco, nos dirigimos del centro comercial en que estábamos a un café no muy lejano que me era conocido. Curiosidades de la vida, su nombre comercial era «Recuerdos» el sitio era pequeño, con una decoración de sesenta o setenta años atrás, techos bajos, pasillos estrechos, mal iluminado, lleno de humo de  cigarrillos y puros de vitola cara, y entre sus estantes con botellas llenas de polvo con solera, figurillas de escayola barata representando angelitos o cabezas aladas. Nos sentamos en una de las mesas de madera que estaba libre en un rincón, justo debajo de una lámina amarillenta por el tiempo y la nicotina acumulada, que dejaba adivinar una batalla entre dos buques veleros en alta mar, y que en su día debió de ser un acto valeroso y por eso se representaba con los cañones disparando desde sus troneras, fuego, pólvora, metralla y muerte.

Después de tomar unas copas y unos pistachos de un color verde sospechoso y polvoriento, tardamos poco en entrar en calor y hablar de lo poco que teníamos en común… Del hombre simétrico. 

Le hizo gracia el recuerdo de aquellos tiempos, y una vez informado y puesto al día de mi boda, hijas, y de cómo me iba por la vida, echándose un generoso vaso de ginebra al gaznate, hizo memoria durante lo que me pareció una eternidad, llegué a pensar si no se le habría olvidado todo aquello… finalmente, rascándose la punta de su nariz algo escamosa, inició el final de la historia. Al día siguiente de hablar conmigo, le destinaron a una base aérea de entrenamiento para piloto de cazas, de la cual no quiso decir más, ni si quiera el nombre.

El hombre simétrico deambuló durante años en busca de una mujer simétrica y tomando todas las Navidades sus seis uvas; una cada dos campanadas. Cada vez que disponía de tiempo recorría una parte de la ciudad, un barrio, unas calles. Se paraba a mirar a las ventanas a escuchar las voces que llegaban de los locales, una risa a lo lejos quizás, una exclamación de alguien cercano. No repetía dos veces el mismo camino, pero tampoco pasaba ese día más allá de la mitad. ¿Por qué tenía que ser él así? Pasaron los años sin conseguir nada, y cosas del destino, cuando más desesperado estaba —y quizás fue eso lo que le distrajo— un automóvil le atropelló cuando estaba cruzando distraído una calle en dirección a su casa. El conductor se dio a la fuga, y el hombre simétrico despertó en un hospital cercano con la pierna izquierda amputada y sustituida por otra de madera. Era feliz sin que nadie lo comprendiera, había dejado de ser simétrico y por fin podía dormir cuanto quisiera, pocas o muchas horas, comer doce o las uvas que le vinieran en gana, tener trajes impares y buscar una mujer con quien casarse, la naturaleza ahora quizás había corregido su error, descuido o experimento.

Nos despedimos a la puerta de «Recuerdos» con un abrazo preñado de olor a tabacos baratos, a incienso de misa cercana y a la lluvia que empezaba a caer en esa tarde de invierno mientras a lo lejos repicaban las campanas y unas palomas elevaban el vuelo en busca de un lugar más seco y seguro. Me dirigí al coche aparcado en la acera de enfrente y me giré. Por el final de la calle se alejaba un hombre asimétrico cojeando de su pierna izquierda.

 

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