Podría ser hoy

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Desperté sobresaltado al sentirme zarandeado  ante los violentos movimientos que alguien me propinaba para sacarme del estupor de la siesta.

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POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihula | Escritor | Poeta | Dibujante

 

  Desperté sobresaltado al sentirme zarandeado  ante los violentos movimientos que alguien me propinaba para sacarme del estupor de la siesta.

Había bajado al andén de La Vallesa, de regreso de Llíria, y como era algo más pronto que otras veces, decidí sentarme a los pies de uno de los majestuosos pinos que allí se encontraban. El sol se filtraba entre sus ramas y se mezclaba en el césped entre sus sombras. Era 13 de Junio y la temperatura a esas horas de la mañana, resultaba muy gratificante. Dejé caer el petate sobre el césped  y yo hice tres cuartos de lo mismo, dejando mi espalda pegada al grueso y rudo tronco. Respire lento y hondo. Un rayito de los que se colaba, vino a darme sobre los ojos, Escuche algunos pájaros cantar a lo lejos. Cerré los parpados. Me dormí.

No era una pesadilla, pero quizás pudiera llegar a serla, pues aquel energúmeno de niño, continuaba zarandeándome y hablándome a la vez, a pesar de que me encontrara con los ojos bien abiertos y atentos a lo que allí pasaba.

- ¡Despierta¡ Despierta¡

- Despierta ¡… Ellos me hablan…. Me dicen cosas…

-¡Suéltame¡- le grité con voz firme y molesto a la vez que me deshacía de sus diminutas muñecas arrancándolas de un enérgico tirón de mis maltrechos hombros.

-Te he dicho que ya basta.

- Cuando tu hablas es como si estuviese sordo. No oigo nada de nada. Pero a ellos si les entiendo. Te veo mover los labios, pero no te oigo…

Empecé a incorporarme a la vez que ahora me fijaba más detenidamente en el muchacho. Tendría unos 12 o 13 años, delgaducho, con ojeras y el pelo alborotado; la ropa que llevaba puesta, debió de conocer tiempo atrás momentos mejores, ahora se encontraba sucia, manchada de sudor y con bastantes rotos en camiseta y pantalón. Su voz resultaba tan lastimera al escucharle, que a pesar de pensar  que debía de estar loco o de padecer algún tipo de trastorno o minusvalía, no pude por menos que apiadarme de el y ponerle la mano en su espalda como si de esta manera compartiésemos entre ambos dicha carga

Me sacudí mi ropa de tierra y escuché a lo lejos la sirena del tren que se acercaba destino a Llíria. Con el petate ya al hombro y pasados los primeros momentos de confusión, me decidí a afrontar la situación.

-¿Cómo te llamas, muchacho?

Ya no parecía atenderme a mí, ni a nadie, pero se quedó quieto mirando al árbol en que  había estado cobijado yo.

-¡No quiero oíros más¡ ¡Dejadme!

-Pero chico… ¿con quien hablas? - le dije -¿que te pasa?

Con una fuerza inusitada se soltó de mi mano y echó a correr. En el apeadero había aparecido gente con la intención de subirse al tren.

-Detente, detente –le grité- ¡te va a atropellar el tren!

-Déjalo. No te oye. Nunca te ha oído.

Me giré sobre mí. Si estaba solo junto al árbol, ¿Quién me estaba hablando?. No había nadie allí, sin embargo, de alguna manera supe, algo me dijo que era el árbol quien me hablaba. El chirriar de frenos me trajo al presente !El tren! Lo había olvidado….

Mis ojos vieron estupefactos el accidente, el maquinista no pudo hacer nada por evitarlo y como si de un toro bravo enloquecido se hubiese tratado, chocó contra su escuálido cuerpecillo. ¡Qué horror! Pobre niño loco.

En el andén, la gente que allí se encontraba comenzó a moverse de un lado  para otro, unas mujeres con una niña, lloraban y gritaban abrazadas ante el espanto de lo ocurrido.

¿Gritaban? Oh no, no era posible, pero no podía oírlas, ni a ellas ni a los demás…


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