Licantra

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
Desde fuera no me pareció tan alto cuando llegué al castillo. Ahora maldigo una y mil veces la mala hora cuando acepté venir...
42163937740_6cb0765769_b
- Foto:Flickr

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante 

 

Desde fuera no me pareció tan alto cuando llegué al castillo. Ahora maldigo una y mil veces la mala hora cuando acepté venir a limpiar a este infecto y lúgubre lugar, poblado de pantanos, mosquitos y aguas fétidas donde antes hubiera lagos de aguas cristalinas y densos y profundos bosques verdes de encinas y robles; pero la necesidad de llevarme un dinero necesario con el que alimentar con algún caldo caliente de gallina mi huérfana boca de dientes, y por otro lado mi característica avaricia y egoísmo que toda la vida perra me ha seguido como una sombra terca y tenaz, incansable e inasequible en su cometido de llevarme hacia la maldad. 

 El maldito truhán de Jeremías, ese viejo loco chivo, con pelos en su detestable y gorda nariz siempre enrojecida, fruto de largas compañías junto a botellas de vino de unos pocos centavos, donde acaso lo más caro y hermoso en ellas sea la etiqueta a todo color que llevan, con sus letras historiadas y retorcidas como su negra alma y quizás algún título de marqués o duque, esperando así hacer menos “peleón y bravo” su bebida; ese es el culpable de mi presencia en estas dependencias mohosas, de largos pasillos y en algunas salas con alfombras que debieron conocer días mejores en otros tiempos, antes de que mi madre me trajera a este  mundo que no pedí y que a la fuerza en el muero día a día. Aparto las telarañas a mi paso y con no poca dificultad y esfuerzo, consigo abrir un ventanal y asomarme. Un frío cortante agazapado entra con fuerza sorprendiéndome y silbando su triste lamento y canto entre las pesadas contraventanas de madera. La negra y desvencijada reja me impide asomarme, pero no evita pueda ver mi carruaje con el que vine y a mi viejo y noble rocín Untergehen, esperando mi salida. Eleva el cuello y resopla como si me hubiera sentido. Está nervioso. Juntos hemos pasado por mucho en estos años. De repente, un pájaro negro, un tordo chaqueño de reflejos azulados, se lanza contra mi mano sin previo aviso y la picotea en el dorso creándome varios desgarros de piel. Sus roncos graznidos llaman a otros que comienzan a aparecer en el horizonte justo cuando consigo cerrar de fuerte golpe la ventana. -¡Asqueroso pajarraco fruto de mil demonios…! ¡Me has hecho sangre! ¡Así te pudras mil veces y los gusanos se te coman tus ojos infernales! De no ser por Jeremías que me mandó a adecentar las dependencias no me habrías picado. ¡Bicho mal nacido de las sombras y del vientre del pecado!

Dicharachera me dicen en el pueblo por que siempre escupo palabras junto a mi aliento, pero ¡Eha! que digan lo que gusten sus señorías y damas encopetadas, escotadas y encorsetadas de ricas camas y sombreros emperejilados, pues viento y ventura poco dura, y estas heridas curaré en un abrir y cerrar de ojos.

 Con uno de los lienzos que envuelven los muebles y los protegen del tiempo, me cubro la mano herida no sin antes ponerme saliva en los desgarros, haciendo unas tiras que luego me ato terminando en lazo. Ahora duele con más fuerza y es como si de pronto fueran dos los corazones que bombearan acompasados al mismo ritmo. –No seas mala -Le digo a mi extremo palpitante que ya comienza a tornarse de manchas rojas que se expanden por su blanco plomizo descolorido por el tiempo. –Tenemos que terminar la faena, sino Jeremías no nos dará lo pactado o dejo de llamarme Licantra.

 La sala principal es inmensa y llena de ventanales ojivales. Me permito caer cansada en uno de sus sillones y dejo la imaginación suelta mientras mi estomago me avisa con sus flatulencias infames de que lleva tiempo sin recibir comida. Ya los imagino entrando en parejas, sonrientes, despreocupados, mostrando sus dientes como si fueran caballos a punto de relinchar, mientras que suena la música y el anfitrión les recibe magnificente, con su porte elegante y refinado, culto. Les veo reflejados en este enlosado suelo de colores negros y rojos con dibujos de… ¡Tordos! Malditos bichos… Otra vez me encuentro con ellos. Me levanto como movida por un resorte invisible y me dirijo a uno de los cuadros que cubren las paredes de la estancia y que es más grande que el resto. Representa la pintura al señor de la casa sin duda alguna; vestido de negro y gesto altivo y prepotente con su barbilla elevada y desafiante. En la mano derecha sujeta un bastón, cuyo remate es una cabeza de pájaro negro con el pico entreabierto desde el que sale lo que parece comida y en el hombro otro pájaro negro pero con una cresta blanca a modo de gota, parece contarle secretos al oído. Al fondo, el castillo pintado al ocaso de un sol anaranjado, donde se divisa a lo lejos y recortados una bandada de tordos como acercándose. Quedo impresionada ante su belleza a la par que mi sangre parece rebrotar con más fuerza en mi pulso y mi mano comienza a temblar como con vida propia. El rostro, más envejecido y con el cabello más largo y cano, no oculta el parecido con Jeremías, debió de ser su abuelo o tatarabuelo. Ya no me parece tan posible lo de los bailes en este lugar, parece a todas luces un avaro cruel incapaz de gastar un centavo en nadie.

 Jeremías H. Bentram, es el nombre que pone a los pies del cuadro en la placa. Un sexto sentido recorre mi espalda de pronto, como si un estilete de hielo surcara mi columna vertebral. Untergehen relincha como nunca lo hiciera, es el canto del miedo. Busco rápida con la mirada, girando la cabeza a uno y otro lado en busca de una ventana. La encuentro y corro a ella, pero el esfuerzo por conseguir abrirla resulta baladí. El pestillo de hierro con el que fue cerrada se ha oxidado con el paso del tiempo. Por un momento al girar mi rostro, me veo reflejada en uno de los muchos espejos cubiertos de telarañas, mi mano está totalmente cubierta de sangre, mi cara está hinchada y macilenta y mis ojos… Ah, mis ojos, están idos, son los ojos de una loca que contrastan con mi cabello lechoso, alborotado y retorcido. Me abalanzo sobre un gran candelabro de bronce antiguo que representa un ángel alado de pie, portando una gran espada entre sus manos. Untergehen relincha otra vez y otra, no me deja pensar con claridad, me desgarra oírlo y con la base de los pies del ángel guerrero, comienzo a golpear el cerrojo. Es al tercer intento, cuando ya casi sin fuerzas, cede y se parte. Por fin la ventana se abre. No puedo creerlo, estoy mucho más alto de lo que es posible imaginar siquiera y Untergehen yace postrado en el suelo, mortalmente herido y peleando contra su destino cruel y cierto, Tordos, a decenas, se le echan encima y le pican, le desgarran su noble y servil piel. A lo lejos una nube oscura avanza a gran velocidad hacia él. Y hacia mí. Cierro la ventana de golpe, pero no consigo llevarla hasta el final y los primeros tordos en llegar a mi altura los recibo con mi ángel guardián. Pronto las fuerzas comienzan a flaquear. Sé está todo perdido, Me picotean en la cabeza y arrancan mi cabello. Me encaramo a la ventana y salto al vacío a tiempo de ver a Untergehen en su último aliento.

 

 

Te puede interesar