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Katarzyna

"Se quedó refugiada en la atmósfera de la nada. Sus ojos habían encontrado por fin la ventana del sosiego".

La Cima Del Tiempo Sil Perez
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POSDATA Diital Press | Argentina


sil Pérez
Por  Sil Perez | Escritora | Poeta 

Se quedó refugiada en la atmósfera de la nada. Sus ojos habían encontrado por fin la ventana del sosiego. Sentada sobre el sillón de pana, cruzó la mirada con su pasado. Habían pasado muchos años de aquel tormento.

Katarzyna no era de esas mujeres que se emocionaban fácilmente. Su voz aguda y su imponente metro ochenta eran rastros que se hacían respetar. Sus piernas largas y su tez diáfana, como el amanecer, solían disolverse entre la maraña de alumnos que correteaban por el patio sin compasión.  En la escuela solía ser una maestra abocada a sus alumnos y a la detestable manía de preparar los ejercicios de matemáticas. Los laberínticos problemas que jamás logré resolver habían pasado a ser una tortura diaria.  Aún puedo verla ingresar en el aula matutina. Llegaba con una puntualidad nauseosa. Antes de que su cuerpo se fusionara con la inevitable regla de tres simple, mi estómago comenzaba a rugir entre las tinieblas del espanto. Sentía por ella una atracción  inexplicable, una especie de temor y de placer contenido. Solía sentarme en la tercera fila para que, cuando escribiera en el pizarrón, mis ojos exaltados pudieran recorrer su silueta a través  de su falda, larga e insinuante.  Su figura era delgada e insípida como una totora, pero algo había en ella que me excitaba. En una clase de tantas, su impuntualidad me sorprendió.  Sentado y asombrosamente callado, esperaba su llegada, ya que habían pasado más de diez minutos sin que su cuerpo de marfil atravesara la puerta.  Sin embargo, y a pesar del silencio opulento, y del tiempo que desorientado corría, Katarzyna Sobieski, la maestra de mirada tersa, no llegó a clase. Recuerdo que esa mañana me sentí invadido por sensaciones cruzadas:  un alivio tan fresco y sereno como el que me obsequia la lluvia en esta tarde de otoño y, a su vez, una opresión en el pecho, porque moría de ganas por ver su figura desplazarse por el aula como una gacela.  Nadie en la Escuela santafecina jamás pensó en reemplazar la clase por otra docente, pues a nadie se le había cruzado la idea de que alguna vez faltaría. Obdulia Arriaga, la anciana directora de cabellos metálicos, se asomó al aula y, con voz extenuada y cara de vela derretida, vociferó: «Niños, hoy pueden retirarse». Sus breves palabras resquebrajadas denotaban pánico. Al día siguiente, regresé con el estómago revuelto y con una angustia que oprimía mi pecho. Pero algo no andaba bien. Un silencio gélido palpitaba con anticipación; en instantes recibiríamos la noticia jamás pensada. Un enorme cartel en la escuela anunciaba el fallecimiento de Katarzyna. Mi asombro superó al miedo y a la desesperación por regresar a casa. ¿Qué podría haberle ocurrido a Katarzyna, si jamás había dado indicios de enfermedad? La escuela era un revoltijo de padres que recogían a sus hijos de manera casi violenta. La opulenta directora, desde la puerta de Dirección, hacía ademanes indicando la salida. «Se solicita orden», reclamaba sin mover siquiera un pie fuera de su restringida oficina.  Los padres tomaban a sus hijos, como si un huracán se aproximara y los arrancara de sus brazos.

El miércoles 18 de abril de 1930 no había sido una tarde más. Todo se reducía a la psicosis colectiva que generaba la noticia. Ese compulsivo ir y regresar desde el pizarrón hasta la última fila habían sellado sus últimos instantes. También el de mi calvario y fantasías, pero eso ya no importaba. Algo se olfateaba en los alrededores de la ciudad rosarina. 

La noticia fue epicentro de grandes conspiraciones: que era una docente joven que vivía sola; que su padre le había dejado en vida algunos bienes de dudosa procedencia; que tenía un amante empresario que solventaba sus gastos; que su reputación no era lo que todos apreciaban.

Y, mientras la chusma degustaba todas esas conjeturas, comenzaron las primeras pericias. La casa de la joven se reducía a un chalet de tejas rojas que, por las fotos que luego pude apreciar en el matutino rosarino La Capital, tenía lozas rajadas, con clara evidencia de abandono. Las paredes presentaban un aspecto similar. Una buena mano de pintura habría evitado la foto lúgubre que junto al cuerpo mostraba el periódico en primera plana. La noticia recorrió cada rincón de este pueblo portuario. Mientras tanto, el temor persistía. Algo me decía que esa sensación no solo se debía a la muerte sospechosa de la docente. Por aquel entonces, los pistoleros y la policía auspiciaban un escenario macabro. Los delitos que se registraban eran perversas emulaciones de los gangsters de la época. Ya todos conocíamos los malabares fraudulentos de Ágata Galiffi. Pero, como siempre, los rumores terminaban difamando a quienes tal vez no lo merecían. Hasta ese momento, la ciudad no había tenido registro de casos cercanos. Por eso, ante hechos concretos, los vecinos murmuraban algo así como: «En algo andarían». Estos comentarios sugestivos rotulaban a los difuntos cuando la miseria humana oprimía las glándulas del miedo. 

Por entonces yo era un preadolescente y, aunque mi histeria se reducía al morbo causado por la figura de una autoridad docente y por la excitante pubertad precoz, no podía dejar de pensar en el desenlace fatídico. Las fotos publicadas no deberían haber mostrado tremenda crueldad. Su cuerpo desnudo, sentado sobre el sofá del living, dilucidaba un mensaje funesto. Sus manos cruzadas, aunque caídas por la fuerza mórbida de la muerte, parecían no coincidir con la nefasta realidad. Sus piernas entreabiertas traslucían voracidad y salvajismo. En su perfil izquierdo se podía ver un hilo delgado de sangre, que recorría en vano los rincones de su pierna, hasta desaparecer de manera irónica en la suavidad del sillón MACArthur. Por aquellos tiempos, en épocas en que en Buenos Aires crujían los temores por el reciente secuestro de Abel Ayersa o por el violento crimen y fuga de caudales perpetuados en los bosques de Palermo, el hampa solía generar caos y terror permanente. Todo formaba parte del mismo paisaje. Una infausta liturgia que reflejaba rostros atormentados y miradas esquivas. 

Pero Katarzyna seguía ahí perpetuada en el vacío que su cuerpo le profanaba al silencio. Por aquel entonces, vivía en las cercanías de su vivienda una mujer de la que se decía que pertenecía al clan siniestro de Ágata. Vecinos del barrio comentaban que solía hacer amistad con personas solitarias y de dinero para sacarles información de sus pertenencias. Su nombre, si mal no recuerdo, era Arlet. También se hablaba de un apuesto hombre mayor, de unos sesenta años que solía visitarla en su domicilio. No recuerdo su nombre, ya que era de procedencia austríaca, pero sí su apodo escandinavo: Lukas. Este jugador compulsivo solía gastar gran parte de su fortuna en apuestas y en prostitutas. Le gustaban las porteñas. Al mando de su Cadillac LaSalle azul marino, desaparecía por varios días. Solían verlo rasguñando los pasillos de los burdeles de San Telmo y a su vez escapando de las garras de la única mujer a quien le temía, Raquel Liberman, la polaca quien por entonces se atrevía a denunciar la trata de blancas. 

Pero el cuerpo de Katarzyna seguía destiñendo evidencia. Si había algo en que estaban todos de acuerdo, era la atrocidad de su muerte. Una crueldad innecesaria, o al menos de eso estábamos convencidos quienes la conocíamos. Más allá de los ratones que acompañaban mi extasiada edad, ella era una mujer respetada. Al menos jamás la hubiese imaginado en una doble vida. No la necesitaba. Su sueldo no era mucho, pero lo suficiente como para llevar una vida digna. Tal vez la que no había podido tener en su tierra lejana. Pero su cuerpo amorfo denunciaba una ferocidad inesperada. «Una venganza». Sí, eso se murmuraba en el pueblo santafecino. ¿Pero de quién? La policía interceptó la vivienda y se apoderó de todo lo que había adentro. Recogió del armario situado en la habitación contigua, anotaciones, un reloj húngaro con incrustaciones en oro y los escasos objetos de valor que se ubicaban en el tercer cajón. De manera improvisada, el ayudante oficial Macaudier encontró las llaves que abrieron el cofre deseado. Para ser más preciso, se llevaron hasta los cuadernos que tenía para corregir. El peritaje duró varias horas. El cuerpo permaneció sepultado debajo de un manto negro, y la blancura de su cuerpo se convirtió en un contraste macabro. El personal policial continuaba abriendo cajones y desparramando objetos por doquier. El oficial de Homicidios, Altamirano, insistía en una reputación dudosa. Esto mismo lo apuntaba con ansias, como quien se apura a anotar una receta de cocina para no olvidársela. Yo siempre supe que la corrupción por aquellos tiempos embaucaba al cuerpo policial.  Supe muchas cosas, con tan solo trece años. 

Por aquel entonces, las inmigrantes eran perseguidas y enlazadas a la esclavitud. Estas prácticas eran tan frecuentes como las bandas organizadas de la mafia italiana. Un teorema de la corrupción que incluía a políticos y a secuestradores extorsivos. En épocas de cambalaches y de disturbios maléficos, no tuvo que ser difícil la letra para don Discépolo.  Nada es casual, decía mi abuela Angélica.  

Más de ochenta años pasaron de la primera plana de El Capital y de la embestida emocional que representó el asesinato de Katarzyna. Sin embargo, cuenta la leyenda que su alma aún sigue reclamando justicia. Hay quienes se acercan a la casa abúlica porque dicen que la vieron corrigiendo hasta altas horas de la noche. Ese no es mi caso; yo la veo en cada crepúsculo sentada sobre el sillón frente a la ventana, entrecruzando la mirada con su pasado y sonriéndome con cierta complicidad.  Nunca se supo quién mató a Katarzyna, pero su alma vive en esa casa, y su tormento hoy palpita más que nunca en mis últimos días.  

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