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Lo efímero de la piel

Tengo un cuerpo que es mío, una casa que habito, que cambia, que crece,  que quiero cuidar; un cuerpo que me permite vivir.

Vidas en letra Sharon Gorosito

Lo efímero de la piel-posdata digital press
Ilustración: Renzo Luis Layco

POSDATA Digital Press | Argentina 

Sharon GorositoPor Sharon Gorosito | Escritora

Durante los últimos días en casa tuve la grata de sorpresa de encontrarle utilidad a las redes sociales. Se me presentaron perfiles de autoras que fueron olvidadas durante largo tiempo en la historia, por ser rebeldes, vulgares, independientes y orgullosas y a la vez, encontré otras contemporáneas que reviven y presentan el rompimiento de los paradigmas que parecen son imposibles de repensar. 

Lo que pude reconocer al compás de las diferentes lecturas sobre sus libros y artículos es que, no es novedad que como mujeres tengamos la sensación de estar habitando cuerpos ajenos a los nuestros, siendo niñas, creemos que nuestro no cambia tanto como debería o en su extremo, cambia más de lo que esperamos, y no hay nada que podamos hacer. Sucede también en nuestra madurez, cuando el mundo allí afuera nos cubre entre sombras y flashes que no cesan de devolvernos una imagen que no nos debería gustar, pues así nos educaron. Y aunque quisiéramos que esta insatisfacción dejara de triunfar, sucede que en los años de vejez, nuestro cuerpo continúa cambiando, y a veces no acompaña lo que sentimos y no ayudan al alma a seguir corriendo a la misma velocidad que nuestras rodillas.

Me invadió una serie de titubeos enorme, porque además de comprender que en el aquí y ahora la mitad de nosotras no es feliz con su cuerpo, la ansiedad quejumbrosa y curiosa me avisa que en el futuro me esperan más dudas y malos ratos, pero sobretodo, que las mujeres más cercanas a mí, mis tías, mis abuelas y mi madre también resisten a ello.

Quizás, lo vorágine de esto es que propiciamente, las mujeres han despertado hace tiempo, o mejor dicho, siempre estuvieron despiertas. Aquellas mujeres, que por incorrectas fueron censuradas durante décadas, han dejado huellas indelebles que marcaron el camino de la libertad femenina. Nos propusieron un sueño, un derecho, el de mirarnos con amor, dejar de tenerle miedo y rencor a nuestras marcas, raspones por jugar y saltar sogas en la infancia, arrugas fijadas por sonrisas y ojos que alguna vez se encandilaron ante el encuentro con el sol. También acariciar a las estrías, que son el recuerdo de la vida, y apostar a volver respetarnos, leernos hacia adentro, dejando de lado el continuo cambio en lo efímero de la piel. 

Escarbar en la huella, romper el paradigma, repensar, porque tengo la dicha de tener un cuerpo, unos ojos con los que he llorado de emoción, con los que miro las hojas del otoño, unas manos que sienten el viento, con las que escribo, con las que además abrazo, tengo un cuerpo que es mío, una casa que habito, que cambia, que crece,  que quiero cuidar; un cuerpo que me permite vivir.  

“¿Cuál es la lección más grande que una mujer debe aprender?

Que desde el primer día tiene todo lo que necesita dentro de ella misma. Es el mundo el que la convence de que no es así.”

-Rupi Kaur

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