Deathman, el hombre de la muerte (parte I)

El Arca de Luis Por Luis García Orihuela
'Cuidado si entre las sombras de la noche te cruzas con él. No todos los héroes son misericordiosos con los malvados.'

MOVIL

POSDATA Digital Press | Argentina

 Luis García OrihuelaPor Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante



 

Con el paso del tiempo he ido aprendiendo las enseñanzas que en su día me inculcara mi padre… Él tenía el Don, el poder. Hoy, lo tengo yo.

Camino por la noche entre el frío que yo desprendo y el hálito que desde su negrura me viene a la cara. Entro en un callejón, cubos de basura por doquier en puertas de salida de emergencia se aclimatan y amontonan ante el paso aislado de los fugaces transeúntes. A lo lejos, suenan las palabras ininteligibles de los comensales borrachos del restaurante, algún televisor subido de tono y sirenas.

La luna hace un intento más por verme la cara, pero hoy no estoy para ella, ni para nadie. Me ciño más el sombrero en mi cráneo casi imberbe y subo las solapas del abrigo.

El grito de forcejeo de una niña llega a mis oídos. Me taladra. Piso esta vez los charcos sin importarme el señalar mi presencia. Están ante mí, son tres hombres, tres violadores. Ya siento sus pulsos acelerados y corazones palpitantes… aunque por poco tiempo.

De pronto, mientras uno sigue sujetando a la niña, los otros dos se levantan hacía donde me encuentro. Uno, el más viejo, coge un hierro torcido del suelo, mientras el otro saca una navaja. Me amenazan. Gran error por su parte. El primero en estar cerca es el de la gorra y la navaja, que de pronto se azora extrañado al verme impasible ante su inminente ataque. ¡Loco¡ me grita, mientras me quito el guante derecho, no puedo evitar ser melodramático ante estos espectadores y actuar para ellos en su último acto vivos. Elevo mi mano desnuda de dedos largos y finos hacia él mientras el viejo algo retraído observa expectante. Como un muñeco roto, un títere sin hilos, cae muerto al suelo con la expresión en su cara de sorpresa al sentir su muerte inesperada. Se ha hecho el silencio en la escena, La niña podría huir, pues el que la retenía ahora presta más atención a mi persona. El viejo se abalanza barra en mano e insultos en boca. Esta vez me despido sacando el vaho de mi boca y apretando la mano como si contuviera en ella su corazón. Su muerte es instantánea, cae de forma aparatosa en uno de los charcos. Queda el tercero. Me dice cosas, implora… no le presto atención. Me pide que le deje ir. Ahora me doy cuenta que no he dirigido ninguna palabra hacia ellos. Está aterrado, su corazón se acelera cercano al colapso, va a intentar huir. Lo presiento. Lentamente termino de quitarme el otro guante. El grita que no lo haga, que no le señale. Sale corriendo sin dejar de mirarme, tropieza con un bidón de basura. Cae. Se pone en pie y ríe histérico. Es en ese momento, cuando hago el gesto para él con ambas manos de apretar algo. Algo del tamaño de un corazón. La luna se aprovecha de mi descuido y me ilumina con sus rayos. Mi rostro es lo último que ve el tercero antes de caer muerto.

 La niña, de no más de doce años, sucia y temblorosa se acerca mirando a mis manos mientras se enjuga sus ojos llorosos con la manga de lo que antes fuera una camisa. Cubro mis manos con los guantes mientras le digo que no tema. Mis manos no son mortales, eso es teatralidad que yo le infiero a la acción. Es mi ser, mi Don transmitido para bien o para mal, el que es capaz de detener toda vida, de colapsarla, hacer que pare cualquier corazón de cualquier ser viviente.

Quito al primero la navaja arrojándola a uno de los contenedores, ya no la necesitará. Su chaquetón rojo es nuevo y caro. Le desprendo de él y se lo pongo a la niña. Me da las gracias con una voz helada y tímida. Sus ojos son grandes y negros como la noche. Se que no me tiene miedo, su corazón late tranquilo, relajado. Es huérfana. Lo se sin necesidad de preguntarle. Me da la mano menuda y me sonríe. Sabe que ya tiene familia y qué yo no dejaré que le pase nada.

La pequeña con sus piernas cortas no consigue seguir mi paso. Me detengo. Tendré que acostumbrarme a su presencia y cuanto antes lo haga, será mejor. Se acerca corriendo y me coge la mano. Sus dedos tan blancos y pequeños se pierden en mi negro guante. Intento mostrarle una sonrisa, como de complicidad entre camaradas, entre compañeros, pero creo que no lo consigo. Una ráfaga fuerte de viento nos hace girar los rostros y nos contemplamos reflejados en un escaparate que muestra maniquíes ataviados a la última moda. No puedo evitar el compararnos… ella con el cabello sucio al viento y el rostro recorrido por goterones de polvo y barro del callejón. Mi estampa, no mejora más, con el sombrero calado hasta casi las cejas y la luz cenital de la luna provocando sombras siniestras, me deja convertido en algo así como un muerto andante, “Deathman”. Sonrío ante la idea que me viene, ya que suena perfecto para un nombre de súper héroe, algo así como el personaje de Spiderman o Batman que leía de pequeño. Siento como si la niña supiera lo que pienso… y eso provoca que un escalofrío recorra mi espalda. Al unísono adelantamos el pie derecho e iniciamos el camino sin dirigirnos la palabra. Le paso la mano por su frente quitándole ese tizne negro y arreglándole  sus dorados cabellos. Sus ojos cobran un brillo especial y me aprieta mi mano agradecida.

 Atrás suenan las sirenas. Pronto amanecerá. La miro una vez más por el rabillo del ojo… es feliz. Estoy seguro, y aunque mi alma, si todavía la conservo, se pregunta si he actuado bien quitando la vida a aquellos tres indeseables, mi frío corazón me dice qué si. Quizás no sea un súper héroe como en los comics; ni busco serlo, pero es posible que a partir de hoy haya nacido Deathman.

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