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¡Una pavada!

Si todos dicen que es una pavada, no tengo de qué preocuparme.

La Cima Del Tiempo Sil Perez

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POSDATA Digital Press | Argentina

sil Pérez
Por Sil Perez | Escritora | Poeta


La lista es lo primero que preparé. No fue difícil ya que, al abrir la heladera por quinta vez, veo que sigue tan vacía como las cuatro veces anteriores. Una lista de mercadería, al menos con lo necesario para sobrevivir la próxima cuarentena. Junto al canto del gallo, el sol amenaza con salir, aunque todavía no se decide. El vecino de enfrente da comienzo al ritual fastidioso de lavar la vereda con ese aparato infernal, mientras yo, aún dormida, caliento la pava para hacerme unos mates. Como todas las mañanas, abro la alacena y extraigo el frasco de yerba. Suavemente espolvoreo su contenido misionero dentro del hueco criollo, hasta que la hierba, como una fresca manta de verano, cubre los bordes del redondo recipiente. En medio de un bostezo inesperado, introduzco mis manos en el armario para buscar el frasco “Parejita” de la yerba.  Mis manos dentro del mueble juguetean hasta toparse con ese par que, escondido detrás de una taza de porcelana, parece hacerme burla. Finalmente, esta ceremonia matutina me lleva a la realidad inevitable de cruzarme con el envase vacío. No queda ni un solo gramo de azúcar. NI siquiera para una cucharita.

¡Exacto! Azúcar es lo que me faltaba anotar en la lista. Busco entre mis cacharros la birome y la anoto en la primera fila de una agenda vieja.  Arriba de todo, por si se me olvida. No voy a aclarar que el mate amargo me resulta espantoso, ni pienso tomarlo así.  ¡Es ahora o nunca!  El reloj marca las ocho y treinta de un invierno diferente, ¡vaya si lo es! Hasta que este bicho asqueroso no se vaya, no pienso salir. Pero, con el agua a casi hervir, la yerba abandonada dentro del mate, se me abre la gran pregunta: ¿Y ahora qué? O sea, ¿quién, si no yo, irá al mercado? Yo no puedo, no quiero pedir a mis vecinos, y mis hijos están del otro lado del charco. Froto mi cabeza de nube y, aunque quiero evitarlo, termino girando hacia mis espaldas. Ahí está ella esperando que me decida. Sí, la computadora que me había regalado mi sobrina Carla antes de viajar a Italia. En fin, jamás había hecho una compra por Internet, y esta podría ser la primera. ¡Pues bien, ahí voy!  

Si todos compran por Internet y dicen que es una pavada, no tengo de qué preocuparme. Corro la silla, quito los trapos que cuelgan sobre la pantalla y me dispongo a sentarme y enfrentarme a esa ventana maléfica que tantas veces esquivé. Si mis lagañas me lo permiten, intentaré encenderla. 

Finalmente, la luz se hace presente ante mí y seis letras descifran la palabra mágica: GOOGLE. 

Bien, ahora ingreso el nombre del mercado, o sea del supermercado, porque estas compras se hacen en lugares reconocidos, o sea, “conchetos”, como dicen los pibes.  Pues elijo el más conocido de todos; sí, el del círculo rojo y letras blancas. ¡Ahí voy! Cliqueo el nombre comercial, y me aparece una oferta enorme de productos, todos separados por pequeñas solapas que indican ofertas, almacén, bebidas, frutas y verduras, carnes y pescados, quesos y fiambres, congelados, elaborados, perfumería, limpieza, y otros que ya no recuerdo.  ¡Pero esto es una maravilla! ¿¡Cómo no lo probé antes!? 

Entusiasmada, cierro el portal de ofertas, y cliqueo la de productos denominado “Desayunos y meriendas”. Porque la euforia no me hace olvidar que aún sigo sin tomar mis mates dulces. Entonces, mi primer pedido es, sin dudas, la deseada azúcar, claro. 

Aquí se me abre una gama de artículos relacionados, y elijo, entre una serie de marcas de azúcar, la más blanca y refinada. Hacia mi derecha se encuentra el carrito para que, a partir del primer producto elegido, comience a sumar. Pero la operación no se puede realizar si no destaco la cantidad que quiero. ¡Pero qué tarada! ¡Claro! Llevo un kilo de azúcar (la de la bolsita celeste y blanca) ¡Ahí vamos!

Por favor, registre su localidad: eso me indica el sistema a continuación.  Debajo hay varias solapas que indican los métodos de entrega, la sucursal más cercana, los métodos de pago. Bien, comienzo por la localidad: me registro en la más cercana de casa. ¡Qué bueno!, lo tengo tan solo a tres cuadras! Vendrán enseguida, ¡esto es una maravilla! 

Seguidamente, me solicita registrar mis datos. Claro, el sistema tiene razón, se cae de maduro. Debo hacerlo como cualquier otro trámite. Entonces, dejo registrados los datos personales. Absolutamente todos los datos que a partir de hoy me alejan del anonimato.  Bueno, ahora sí me dirijo nuevamente al carrito, ¡que emoción! 

El sol comienza a calentar la mañana, y el canto del gallo se suplanta por una pelea enfermiza entre dos perros, el de doña Clarisa y el otro negro atorrante que siempre viene a comerle la comida. No quiero distraerme pero, la verdad, es que tengo la concentración de una tortuga. Lo que pasa es que, desde mi ventana, veo al vecino de enfrente (del que nunca recuerdo cómo se llama), cortando el césped con el barbijo puesto sobre su pera.  ¡Qué irresponsable!  Ahora que pienso, hace varios días que no veo a la señora ¿Será que es verdad lo que dicen?  ¡Ufa! otra vez me distraje. 

Bueno, aquí voy de nuevo. Ahora, con todos los datos ingresados, pongo en el carrito el paquete azúcar e inicio la sesión. A partir de esta instancia, el sistema me solicita registrarme o ingresar con mi clave y contraseña. Pues, si nunca antes había ingresado, la opción solo puede ser una sola. La operación me lleva a un formulario donde debo ingresar nuevamente todos mis datos. También me solicita que indique o cree una clave de acceso. Para ello debo enviar un correo y esperar que me indiquen una transitoria. ¡Pues ahí voy! Envío el email y espero. Soy un tanto ansiosa, pero los minutos comienzan a pasar y no veo en mi casilla ningún mensaje.  Nada. ¿Será que no hay buena señal? Pero verifico con otras búsquedas, y la señal es normal. Nuevamente ingreso y reitero todos los datos del formulario pero, al hacerlo correctamente, el sistema registra nuevamente error. Aunque estaban correctos, porque, ¿quién más que yo iba a saber mi fecha de nacimiento, o mi número de documento? La cuestión es que ingreso los datos despacito y con mucha atención la cantidad de siete veces.  ¿Será para verificar la legitimidad? ¡Seguro, tiene que ser eso! 

Cargo todos los datos, como en el procedimiento anterior. Pero nuevamente me indica que son erróneos. Entonces, para no volver a cometer esa torpeza, regreso al punto anterior, que es completar todos mis datos personales. (Nuevamente recurro al formulario). Quiero salir de ese menú, pero la pantalla queda estática, muerta.  Hasta que de pronto ya no recuerdo bien en qué momento el sistema me realiza una pregunta confidencial para proseguir con el formulario número no sé cuánto: «¿Cómo recibiré la mercadería?». Yo aún estoy medio dormida pero, por más vueltas que le doy a la pregunta, no la comprendo. ¿A qué se refiere? Le respondo la más lógica: «Personalmente», pero me indica que es errónea. Sigo inmóvil sin saber qué responder. Si la recibiré en pijama tal cual estoy ahora, en pantuflas, o con los ruleros puestos. O si enviaré al vecino de enfrente aprovechando que está afuera. No entiendo la pregunta. Y cada una de las respuestas, por supuesto, fue denegada. Entonces, ¿a quién pregunto para que me sugiera alguna respuesta?  Esta es la traba principal que me impide continuar. ¡Ah! pero qué tarambana, si aquí hay una señorita virtual que gentilmente se ofrece a responder cualquier inquietud. ¡Genial! Ella enseguida me muestra seis opciones: comprar un producto, información preventiva, nuestras ofertas, información de tiendas, estado de pedido y generar ticket para atención de caso.  Elijo la primera: comprar un producto que desde un principio es el paquete de azúcar. Luego de varios circulitos de espera, me indica que debo incorporar los datos nuevamente. Luego me solicita la fecha de nacimiento y, cuando la incorporo, me indica que es errónea, y así cincuenta veces más. Seguidamente observo que en la parte superior hay una inscripción que facilita un teléfono. ¡Esa es la mía! ¡Yo prefiero hablar con un cristiano!  Con alguien de carne y hueso.  El número es un 0800, por lo que, superfeliz, comienzo a discar. En esta instancia me atiende un contestador que me da la bienvenida y me dice que debo esperar porque todas las líneas están ocupadas. Espero unos veinte minutos, y nada. Cuelgo y vuelvo a llamar; otros veinte minutos, y nada. Pero, ahora que recuerdo, entre la maraña de pasos que debo realizar, también tengo la posibilidad de asentar mi solicitud a través del correo electrónico. A partir de este procedimiento, confirman que me enviarán un código con el cual se supone que debo ingresar, para así proseguir con la instancia principal que ahora es consultar, ya no me acuerdo de qué cosa. El código jamás llega a mi casilla de correo. Entonces me doy cuenta de que, siendo las catorce horas, debo cambiarme el pijama; estoy transpirando como una marrana. Ya con medio día perdido, y aún sin desayunar mando todo a la mierda.  

 ¡Ma si, que se vaya todo al reverendo carajo: la próxima elijo edulcorante!

 

 

 

 

 

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