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El espejo

"Algún día, la penumbra y el silencio se ahogarían ante el arrebato. Entonces, el miedo abandonaría la batalla".

La Cima Del Tiempo Sil Perez
Foto:Blo-amor-incondicional


POSDATA Digital Press | Argentina

sil Pérez
Por Sil Perez | Escritora | Poeta | Miembro de la SADE




 

Cuando pregunté por Maribel, sentí una opresión en el pecho. Esa misma sensación la tuve aquel miércoles por la tarde al cruzar el pasillo angosto de la casa de los Madison en busca de la escalera para pintar la casa. En el patio austero del fondo, yacía el sauce de ramas caídas que, con rebeldía, golpeaba la puerta de servicio. Siempre supe que algún día ocurriría, aunque jamás imaginé que ese sería ese el momento.

 Aquel día ingresé, y me detuve detrás de las cortinas de la ventana que daban al patio. La luz era tenue; tenía la fuerza débil de un atardecer agonizante. La figura de Maribel resplandecía ante el único espejo situado en el cuarto, entre la columna y un placard de roble, herencia de doña Albina. Un muro de madera y cemento parecía conspirar contra mis deseos.  Aquella tarde, como tantas otras, ella se acercó al espejo y, con sus ojos salpicados de quietud, le devolvió a la imagen la fisonomía lejana que tantas veces había dejado.  De manera asidua, sus mejillas redondas como la luna se duplicaban en cientos. Nunca había espacio para tantas figuras en un solo reflejo: sin embargo, Maribel era cada una de estas. Cuerpos necesarios.  Claro que aquella no había sido la primera vez. Yo, detrás de aquel muro y de un crepúsculo que me provocaba aún más, contenía mis ganas de gritar, de gritarle. Un impulso frenético dentro de mí me desgarraba y me oprimía.  Algún día, la penumbra y el silencio se ahogarían ante el arrebato. Entonces, el miedo abandonaría la batalla. 

El sol aún acariciaba mi rostro extasiado, mientras la camisa de seda rosa que cubría su cuerpo esbelto la abandonaba lentamente. Un hilo fugaz de luz tras la persiana de la ventana enlazaba sus senos. Eran ellos suaves relieves que decoraban la habitación, como una imagen pictórica.  Entonces me contenía ante la tentación de besarla. De acariciar esa naturaleza sostenida por dos pezones erguidos. El Godiva, de John Collier, La Venus del espejo, de Diego Velázquez, La Ninfa Salmáis, de Joseph Bosio eran menos que nada en la figura que se imponía ante mis ojos. Y nada quise hacer sino dejarme llevar por sus curvas. Luego desabrochó su jean y contorneó sus nalgas, hasta que el grueso de la tela rústica atravesó el relieve de sus encantos. Sus glúteos blancos y tiernos como gladiolos en primavera relucían ante el esplendor de aquel espejo. Y ante mis ojos, que extasiados la miraban. Una melodía de Charlie Parker asomaba desde el departamento contiguo. Su sonido aleatorio impunemente desmembraba el silencio. Como un intruso distraía mi objetivo, que era mirarla y acunarme en su silencio. La lírica, aunque lejana pero persistente, acudía a la intención de camuflar ese paisaje definido e inmutable. 

En medio de esa acústica, sus manos se deslizaban al compás, suavemente, por su cuerpo. La brisa de una noche naciente reflejaba en el espejo la piel erizada. Vestigios provocados por la ventana entreabierta, que a su vez oficiaba de mirilla. Yo la observaba desde las sombras, y esa perpetuidad era la cima del instante; me permitía ser YO más que nunca. Ella era también mi desnudez, mi propio espejo, la eternidad que el instante me proporcionaba. La excitación y el sosiego. La erupción y la ceniza. La erosión entre la verdad y la mentira no es más que un juego de palabras. Pero aquello era más que eso. Se escapaba del ritual mundano, del imperio desechable de lo debido. Esa mujer se había adueñado de mí.  Solo al mirarla podría ser yo sin titubeos. 

Aquella tarde, retomé a mi guarida secular, pero la aflicción quemaba mi piel y mi remordimiento. Entonces regresé al patio de sauce caído. No sé cuánto tiempo pasó del último crepúsculo pero, sin pensarlo, lo atravesé y la rama del árbol, que aún permanecía yaciente, parecía esperarme. Esta vez la melodía fue el canto de una golondrina posada sobre un arbusto pequeño frente a la puerta de entrada. Sus hojas recién nacidas parecían advertir la fugacidad del tiempo. La tarde repitió su agonía, esta vez más lenta y más certera. La noche demoraba su llegada al vértigo de mis latidos.  El muro de cemento me aguardaba para atravesar el espejo y llegar hasta ella. No lo dudé ni un instante más. Con voz rotunda mencioné su nombre; seguidamente, lo grité con desesperación. Antes de quitarse la camisa, giró hacia mí. No contuvo la emoción y, mientras sus mejillas se humedecían con suaves anillos de cristal, me abalancé sobre ella, y la abracé con la intensidad que solo yo conocía.

Aquella tarde desnudé la mentira y, junto a esta, fuimos espejo de verdad.  El umbral nos devolvió el reflejo de la pasión que ambas sentíamos. 

 

 

 

 

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