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El extraño caso del banco Lucifer

'Nunca aceptes regalos de un extraño. Y mucho menos de un banco'-

El Arca de Luis Luis García Orihuela
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Foto:Pinterest

POSDATA Digital Press | Argentina

Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante



Gabriel se dirigió directo al ascensor de su nuevo hogar nada más cruzar la puerta del patio de entrada. En la mano izquierda llevaba la bolsa con la compra de la comida, y bajo el brazo, sujeto en la axila, el regalo que por fin habían recibido en el Banco para Eva, su esposa, y él. Un teléfono móvil de última generación por haber domiciliado sus nóminas con ellos. Dos hermosas cajitas envueltas en un lujoso papel plateado. 

Los dos trabajaban desde hacía casi tres años en el National Geographic Channel, pero en esta ocasión Gabriel se había quedado para prepararlo todo en su nuevo hogar y Eva se había ido a cubrir un reportaje sobre las ruinas de la antigua ciudad nabatea de Petra, en el desierto de Jordania; juntos habían viajado a otras ruinas tan bellas y espectaculares como las de Palmira, en Siria, Baalbek, en el Líbano, o Gerasa, en Jordania. Sus ahorros, parte de ellos invertidos en las preferentes de Bankia cuando las campanadas dadas en la televisión por Rodrigo Rato tuvieron el encandilarles cuan canto de sirena habiéndose diluido en interminables denuncias y recursos interpuestos por sus voraces y serviles legiones de abogados muy bien pagados que como legiones romanas avanzaban hacia ellos dirigidos por el gran Cesar Euro. Ahora era ya agua pasada que no mueve molinos, y sus nóminas domiciliadas pasaban a engrosar las cuentas de la Caixa d’Estalvis cada primero de mes. Sonó su teléfono móvil no bien había descorrido los cerrojos y entrado a su interior.

 —¡Diablos! Seguro que es Eva quien llama para decirme que ya han llegado a Petra. Siempre tiene el don de la oportunidad. ¿Eva…? ¿Eres tú?

—Pues claro que soy yo. ¿Quién si no podría ser? ¿Acaso esperabas la llamada de otra?

Aunque no lo creo, de ser así no habrías tardado tanto en coger la llamada.

—¿Y sabes el motivo de mi tardanza? Pues yo te lo voy a decir. Estaba entrando a nuestro flamante y radiante piso cargado con la compra y ¿a qué no sabes qué? Nuestros teléfonos móviles que nos prometieron en el banco.

Eva contestó a su marido con su voz más alegre que nunca y contenta por haberlos recibido tan pronto, mucho antes de lo esperado.

—¿Sabes de lo que me he enterado aquí en Petra por un compañero del equipo de filmación? No te lo vas a creer, los dueños de la Caixa d’Estalvis se llaman Lucía y Ferrer…

—¿Y? Si me esperas voy a buscar los timbales y me pongo a tocarlos para celebrar esta gran noticia que me estás dando en exclusiva…

—No, tonto. La noticia es que gracias a que se llaman así de nombre los de La Caixa de al lado de nuestro piso, es conocida como Caixa Lucifer. Luci de Lucia y fer de Fernando ¿A que es gracioso?

—Es gracioso en grado sumo Eva. Tanto como que el número de nuestra calle sea el seis y tengamos que subir hasta el sexto piso a la puerta 24, cuya suma da seis también. En verdad no se como he podido enamorarme de ti… ¡Eres diabólica!

—Bueno, he de dejarte cielito. Pórtate bien. Nos vemos el viernes.

Gabriel se despidió de Eva con una sonrisa en los labios mientras con la cabeza hacia movimientos como diciendo no a algo que estaba pensando. Tras dejar la compra en la cocina y los alimentos perecederos en el frigorífico, abrió la caja plateada que había mas cerca y desenvolviéndola del todo tomó en sus manos la nueva terminal de teléfono y la puso a cargar en el enchufe de la pared del dormitorio —¡Qué bonita era!, pensó para sus adentros— y entrando a la cocina se preparó una buena copa de vino tinto que degustó mientras se preparaba un copioso plato de espaguetis con abundante tomate y trocitos de jamón. Satisfecho poco después de la comida, se retiró a dormir al dormitorio. No le gustaba mucho estar solo, echaba de menos a Eva, pero tenía que reconocer que el día no le estaba yendo nada mal, al menos hasta el momento. Cuando se despertó había perdido la noción del tiempo. La habitación por la que antes se filtrara el sol a través de los bordados florales de la cortina, ahora se encontraba en una penumbra densa, apelmazada que hacía difícil el respirar. ¿Era posible se hubiera hecho tan tarde? ¿Qué hubiera anochecido? Cuando se acostó había mirado la hora en el despertador de la mesita de noche, apenas pasaban unos minutos de las cuatro de la tarde… Gabriel tenía la sensación de haber dormido a lo sumo un par de horas o acaso un poco más, pero de ahí a esa oscuridad… Se había hecho de noche. Miró hacía el despertador: Las nueve menos tres minutos.

—¡Uf, que tarde se ha hecho. Debía de estar más cansado de lo que creía. Son las nueve menos tres. Seis, diría Eva de estar aquí ahora, mal augurio. 

De pronto Gabriel vio la luz verde intermitente que lanzaba destellos desde la pared.

—¡El móvil! ¡Casi lo había olvidado! No hay mal que por bien no venga. Ya está cargado el juguetito nuevo de papá —y encendiendo la luz del dormitorio, lo desenchufó de la pared, lo conectó y tomando en su otra mano el librito de instrucciones buscó cual era el número pin.

—¡No es posible! Es el cero… seis, seis, seis. ¡El diablo!

Comenzó a ponerse nervioso, todavía estaba medio adormilado, pero tanto seis una y otra vez no pintaba nada bien. No creía ni en ángeles ni demonios, para eso ya estaba Eva que era la mística en aquella relación  entre los dos —pensó mientras sin darse cuenta abría el regalo de ella y lo ponía a cargar también— Se alegrará cuando llegue el viernes de tenerlo cargado y listo para funcionar —se dijo para sí—

—Bien amiguito —habló en voz alta como si el teléfono móvil pudiera escucharle— Vamos a ver de cuantas cosas eres capaz de hacer tú solito. De momento vamos a grabar con la cámara el resultado de la reforma del cuarto de baño, y si queda bien le mandaré la grabación a Eva. Seguro que no se espera lo que verá en el vídeo.

Mucho mas espabilado y decidido, se dirigió al cuarto de baño que habían ampliado y elevando el móvil se dispuso a encuadrar la toma en cuanto apareció en la pantalla táctil la aplicación abierta y el conocido punto rojo para iniciar la grabación. Comprobado que ya estaba grabando abrió la puerta y retrocedió un par de pasos para sacar un plano general desde el pasillo.

—Pero… ¿esto que es? 

Se frotó los ojos como pudo, pensando los tenía legañosos fruto de la siesta y que por lo tanto la vista le estaba jugando una mala pasada. Ante él, al otro lado de la puerta la cámara había registrado lo que le parecía la silueta de alguien observándole desde la penumbra del interior cuya luz todavía no había sido encendida pues el interruptor quedaba lejos de su alcance. Miró por encima de la pantalla hacia la puerta abierta. Allí como cabía de esperar no había nadie, pero por el rabillo del ojo miró receloso una vez más aquella pantalla perfectamente inmaculada que todavía conservaba el tradicional plástico protector con que venían de fábrica los móviles y que emitiendo un tenue brillo ahora mostraba la silueta que había visto saliendo hacia él. Miró al baño incapaz de moverse o de dejar de grabar, y lo hizo una y otra vez. En el baño no había nadie, se veía a simple vista que estaba vacío, solo él reflejado en los espejos de las puertas del mueble en donde guardaba sus enseres del aseo, pero en la grabación la sombra no había desaparecido, al contrario, ahora unos leves reflejos de luz hacían que pudiera ver en la pantalla un ente demoníaco de cuyo cráneo salían dos cuernos que se retorcían en espiral y por cuya boca totalmente abierta mostraba unos enormes colmillos por los que salía un vaho con un fuerte olor a azufre. Lo último que sintió antes de morir fueron como unas manos de alargados dedos le agarraban y clavaban sus afiladas uñas como cuchillos arrancándole el corazón.

 El Arca de Luis

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