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A la mañana siguiente al llegar la policía encontró el cadáver de Mario...

Columnas - La Palabra 31/01/2022 Jorge Alberto Rampinini
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Jorge-RampininiPor Jorge Alberto Rampinini | Escritor 1 Miembro de la SADE | Diplomado en Teoria y Producción Literaria| Socio  de la Academia Argentina de Letras| Profesor en Tecnologias de información y comunicación.  


A la mañana siguiente al llegar la policía encontró el cadáver de Mario. No tenían claro si se había caído por la borrachera o si su sobrino lo había asesinado y escapado. De todas formas, al no haber herederos lo atraparían al querer cobrar la fortuna.

 

                                                   
Ricardo, mi amigo, siempre me hablaba pésimo de su tío Mario, del cual guardaba malos recuerdos.

Contaba que le gustaba maltratar a las personas, a sus empleados y a su familia, creo que a unos más que a otros. Entre ellos se encontraba él, su único sobrino.

Mario no dejaba pasar jamás una oportunidad para humillarlo. Siempre encontraba el momento en el que, seguramente, más pudieran dolerle sus insinuaciones para someterlo. Cuando no era porque no había terminado sus estudios universitarios, le recordaba que estaba un poco excedido de peso o alguna novia que lo había abandonado.

Por supuesto esto ocurría, casualmente, frente a vecinos o amigos. Y, si la oportunidad se daba, en una fiesta o reunión, mucho mejor.

Mario tenía una casa enorme, con un parque mucho más grande, lleno de árboles y flores de muchos colores y de gran variedad. El parque estaba siempre perfumado, pero su tío tenía por costumbre perfumarse de una manera exagerada y con un aroma terriblemente intenso a jazmín. Extrañamente, esta flor, no estaba en su parque.

Su casa y su fortuna provenían del abuelo de Ricardo y su madre nunca pudo llegar a disfrutarla, ya que falleció muy joven. Su padre, cuando Ricardo llegó a mayor de edad, se fue con otra mujer y no volvió a verlo.

El tío era viudo. A su esposa la había enterrado en el parque rodeada de rosas y claveles.

Vivía solo, con su mucama y el hijo de esta, que arreglaba cosas de la casa y a su vez cuidaba el jardín, ya que era excelente en esa tarea y lo demostraba el hermoso parque que rodeaba la casa.

Dado que Ricardo quedaba, a esta altura, como el único heredero de la fortuna de Mario, en más de una oportunidad, pasaron por su mente, pensamientos siniestros que seguramente nunca llevaría a la práctica dada su baja estima.

Si bien podría administrar parte de la fortuna al heredarla de su madre, hermana de Mario, él, nunca se lo dejaría hacer.

Una noche Ricardo se quedó a cenar, se desató una tormenta muy fuerte y los caminos a la casa se inundaron. Mario había tomado mucho vino y no dejaba de insultarlo. 

Ya no podía aguantar más esta situación, que se agravaba, porque no podía irse por la tormenta. Enceguecido por la ira que lo dominaba tomó una pequeña, pero pesada estatua de bronce de la sala y lo golpeó en la cabeza. El tío cayó de boca al piso y Mario llegó a ver el corte profundo que le había provocado y la sangre que se desparramaba por su cabello y la alfombra. Pensó entonces que lo había asesinado. Viéndolo en el suelo y creyéndolo muerto, por su cabeza pasaron imágenes insólitas de los miles de formas en qué podría deshacerse del cadáver y del horrible y penetrante aroma a jazmín que emanaba de su cuerpo. Sentía que irritaban sus fosas nasales. Quiso arrastrarlo fuera de la escena del crimen, cuando una pequeña botellita de perfume a jazmín se abrió cayendo del saco de Mario y salpicándolo de esta horrible fragancia. En esos pensamientos estaba cuando Mario comenzó a moverse y emitir gritos de dolor. La frustración envolvió a Ricardo y dudó cuál camino tomar, si levantarlo y ayudarlo e inventar algo, como, que la borrachera le había provocado la caída. Intentó incorporarlo, pero odiaba ese nauseabundo aroma a jazmín que al sostenerlo se impregnaba en su ropa y en su piel. En ese momento entró el jardinero y su madre. ¡Que extraño ¡, ellos no estaban en la casa cuando comenzó la tormenta. “¿por qué regresaron” ?, pensó. Nunca logró saberlo, sintió un terrible golpe en la cabeza y fue lo último que pudo recordar.

A la mañana siguiente al llegar la policía encontró el cadáver de Mario. No tenían claro si se había caído por la borrachera o si su sobrino lo había asesinado y escapado. De todas formas, al no haber herederos lo atraparían al querer cobrar la fortuna.

Pasaron cuatro años y durante ese tiempo Ricardo no apareció. Poco antes de que se rematen sus bienes veo en el periódico que se presentaron un joven y su madre con unos papeles que acreditaban ser el hijo de Mario, inmediatamente recordé al jardinero y su madre que Ricardo me mencionaba. Yo preferí mantenerme callado para evitar cualquier tipo de represalia. Ya nadie se ocupó demasiado del tema debido a la horrible fama del muerto.

El detective del caso siempre recordó como algo anecdótico y ahora me viene a la memoria ese encuentro con él, que el jardín de la casa estaba muy arreglado y que la tumba de la esposa del difunto en la que, a pesar, de estar rodeada de rosas y claveles, al acercarse lo embriagaba el perfume de una flor que no había en el lugar, perfume a Jazmín, pero lo que nunca pude comprender adonde y porque  se abra ido Ricardo. 


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