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Los amores de Laura 2, (o una noche salvaje)

Él nunca me habló de promesas. Y dejó con vértigo desde ese momento mi corazón maltrecho mirándolo en sueños con ojos castaños de noche salvaje.

Sin ojos que los miren Juan Botana

Los amores de Laura 2, (o Una noche salvaje) Foto:Albert Espinola

POSDATA Digital Press | Argentina

 Lic Juan Botana  Por Juan Botana | Lic. en comunicación | Escritor 

Me la pasé toda la noche mirándolo, ilusa pensando con ojos castaños lo lindo que era. Mientras tocaba despacio la cuerda afinada de mi corazón guitarro su pelo revuelto con una canción.

¡Si la escucharan, chicas! One wild night (cegada por la luz de la luna). On wild night (veinticuatro horas de noche). One wild night (y accedí sin tropiezos a su zona crepuscular como tonta deseada por tanta promesa).

Pero él nunca me habló de promesas. Ni a mí ni a las otras chicas que nos acompañaban en el circuito turístico conociendo bares: de San Telmo a Palermo y de Palermo a San Telmo, y así. Y dejó con vértigo desde ese momento mi corazón maltrecho mirándolo en sueños con ojos castaños de noche salvaje.

 Con ojos de amor lo miré. Y él hizo de cuenta que no lo miraba. Como la canción de Bon Jovi que a mí me cantaba. A mí, entre tanta borrega por demás regalada que estaba esa noche en aquella visita. Porque íbamos con mis amigas a todas las salidas que él organizaba. A todas. Era canadiense y no saben cómo nos calentaba cuando hablaba en francés. En ese mon a mour esquivo a tanta promesa. Sweety. En su inglés americano que un poco entendía. O hacía que entendía. ¡Si daba lo mismo!  ¡Si igual me gustaba todo lo que él me decía! Todo. 

Pero él nunca me habló de promesas. En español tampoco. ¡Cómo me calentaba cuando pronunciaba mi nombre de forma incorrecta! Y en ese Lauu más largo que los otros lo miré. Y él hizo de cuenta que no lo miraba. Incluso habiendo chicas más lindas que yo tirándole onda, las desubicadas. En mis propios ojos, me miraba a mí. A mí. Todo el tiempo. No me sacó ni un minuto los ojos de encima mientras explicaba, y su mirada turquesa clavada en anzuelo en mi mar azulado recorrió mi cuerpo mil veces desnuda con ganas de qué. De todo, tal vez. Y entonces de nuevo creí la promesa. Si mi “qué” era el mismo, y mi “todo” más… 

Pero él nunca me habló de promesas y sé que a esta altura la canción de Bon Jovi corre por mi cuenta en un viejo cassette. ¡Si la escucharan, chicas! One wild night. One wild night. Como la escucho yo todavía. Quizás me entenderían esto que les cuento. De por qué me fui. ¿Saben?

 Con ojos de amor lo miré. Y él hizo de cuenta que no lo miraba. Que estaba trabajando...  Que acá no….Que nos ven…. Que por favor… Que esperara un poco… Que en el próximo bar me invitaba un tequila y después un beso… Que nos acurrucaríamos luego en el azul damasco de un whisky on the rock derretido en su boca. En sus labios de fresa. En el devenir profundo de su primer beso que iba a ser el mío…. 

Entonces le creí. Jugada como estaba cómo no iba a hacerlo. Y de nuevo sonriendo a toda sonrisa entre tanto sueño… Con ojos de amor lo miré. Y él ya no hizo de cuenta que no lo miraba. Y quiso de pronto salir del apuro. Cuando ya era tarde. Y sin querer queriendo rozó mi cintura con su mano izquierda. Sus dedos canela encendieron la mecha de su fuego lento en mi ardor café. Las brasas que queman. Y me sujetó el hombro para que no lo besara. Con fuerza. Como si se hubiera arrepentido de encender mi chispa de fogón marrón. Y ahí me hice la tonta o no entendí el gesto y lo besé igual.  ¡Lo besé…!

Con ojos de amor lo besé. Y él estiró el brazo de su resistencia y nos prendimos fogosos en el calor de luna que aviva la llama de una noche salvaje. En el recital de Bon Jovi de su One wild nigth. Y al entrar a escena nos encontramos besándonos con esa canción.  

¡Si la escucharan, chicas! ¿Cuánto rock and roll había en sus labios? ¿Cuánto más rock and roll en los míos? Y me devolvió de un sorbo hasta la última gota del rouge borravino que robó de mi boca. Y ahí sin pensarlo murmuré un “te-quiero”. Y él entendió “te espero”, apurado en la barra y pidió otro trago, otro trago más.

Sin oírlo, mi lengua a tontas y a locas derramó un “te-amo-o”. Cada vez más fuerte. Y él hizo de cuenta que no lo escuchaba. Y me dijo: “allá vamos”. ¡Apurate, Laura! Que se nos va la mesera que prepara el pisco, “como tú no lo has antes, probado en tu vida”. En un castellano medio enrevesado. Y esa fue la primera vez que me llamó Laura

¡Ah, no sabés!, siguió. Acá sirven el pisco sour mucho mejor que como lo hacen en Chile. ¡Cachaí, po! O en Perú, ¡papayita!

¿Fuiste alguna vez a Chile? No, pero me iría contigo si me lo pidieras, murmuré… con el mismo tono que le dije “te-quie-ro”. 

¿Y a Perú…? Y antes que pudiera responder la pregunta disparó un “no importa”. ¡Apurate, Laura! Que se nos va la mesera. ¡Apurate, Laura! Y cuando pensaba repetirle con-tigo, con-tigo, la moza de verde que le daba las veces de tomar se nos fue entre las mesas. Y ahora fui yo la que dije “no importa”.

Y fue ahí mismo que me puse un poco...  bastante celosa. ¿Por qué la buscaba tanto a esa chica? Si estaba conmigo, aunque no fuera con-tigo, tomando la noche abrazada a un tequila hasta que el día amaneciera en su fondo negro que encendió mi sol. Porque al tiro de gracia se nos subió a la cabeza el gin tonic con vodka y naranja, cuando perdimos la chance de probar el pisco y cambiamos de trago. ¿Pero a quién le importa la anécdota ahora? ¡No te enojes por eso, mi amor! Olvidá a la mesera. ¡Relajá y bailemos! ¡Bailemos! Y prendidos fuego salimos del brazo a la pista de abajo a bailar los dos nuestra wild- canción:

 “One wild night (blinded by the moonlight. One wild night (24 hours of midnight). One wild night (I stepped into the twilight zone). And she left my heart with vertigo). One wild night (hey, c'est la vie). One wild night (welcome to the party). One wild night (life if for the living so. You gotta live it up, come on let's go). One wild, one wild, one wild, one... Una noche salvaje (cegados por la luz de la luna).Una noche salvaje (24 horas de medianoche). Una noche salvaje (Accedí a la zona crepuscular y ella dejo mi corazón con vértigo). Una noche salvaje (hey, es la vida). Una noche salvaje (Bienvenidos a la fiesta). Una noche salvaje (la vida es para vivirla. Así que vívela, vamos). Una salvaje, salvaje, salvaje, una...”

 (…) Y ya no tuve que cambiar la letra para que no nos vieran. Porque por suerte ya nadie nos había seguido hasta allí. Y dejé de responder por un rato los mensajes de whatsapp que me mandaban las chicas porque estaba ocupada entre tanto revuelo de pájara herida sanando mis alas con una canción. 

Y ya a nadie parecía importarle nuestro amor rockero. Y por suerte de a poco él se sintió menos tenso y yo más segura con mi vestido blanco apretado a-su-lado. Y ya sin tanto moscardón avispa mirando los labios de mi canadiense, embrujado por mí. Se volvió todo mío. ¡Mío! Rendido a los pies de mi noche salvaje. 

Entonces de pronto se acercó a mi boca. Como nunca antes lo había intentado. Y ahí estaba… por fin, a sólo unos centímetros… Lo sentí tan cerca que agité mis alas y volé. En cámara lenta se acercó. Me tomó el mentón con su mano y me devolvió de un sorbo el rouge borravino que robó de mi boca otra vez, ahora sin testigos, en especial mujeres del bar anterior.

Y no digo que me enamoré para siempre, pero casi. Casi que le pido casamiento, que vivamos juntos, que tengamos hijos, que tengamos nietos, que sigo escuchando en sus labios de fresa mi One wild night.

Mareada, revuelta en el ahogo agridulce de tanto turquesa en mi pelo suelto y por el revuelo incierto de pedirle norte a mi polo sur. ¡Tan lindo era, que se partía en la pista de baile de mi pelo negro! ¡Tan potro era, que me confundí por su parecido a Bon Jovi y al peltre del engaño hasta John lo llamé! ¡John, como “te am-o” tanto!, le dije, o escuché en su oído. ¡John, vámonos al hotel de una vez, le pedí después! Pero es que no tengo suficiente plata en este momento… porque no me pagaron. Y al bar anterior a buscar a mi jefe para pedirle adelantado ahorita mismo no podemos volver. Entonces no te preocupes, que yo tengo plata. ¡Quedate tranquilo! Y nos quedamos trenzados en los sillones oscuros de los reservados por unos segundos que de pronto son más. Media hora a lo sumo, o cuarenta minutos. Igual de insinuantes en su boca dulce que pasó por mi lengua de fresa a cereza contando hasta tres.

A caricias y besos de sueño despierto acabamos la noche en un mientras “te am-o” que él nunca escuchó. Y les juro que un poco me quedé con las ganas. Y partimos de regreso en un taxi relámpago color amarillo a su hotel de San Telmo. Hostel que le dicen. Y mientras nos dirigíamos en dirección oblicua a la puerta de entrada, lo convencí que entre tanto él distraía a la recepcionista, yo me escabullía sigilosa sin hacer nada de ruido a una de las piezas. Que lo esperaba allí. Que me dijera cuál era y yo entraba despacio y me desvestía, al calor burbuja de una taza caliente de mi amor café. Y lo esperaba acostada, con las tetitas paradas de mi desnudez. Toda para él. Totalmente desnuda.

Cuando descubrí que él no tenía pieza ni cama prohibida. Por lo que no pude concretar mi propuesta. Y por desgracia lo que les cuento fue así. Y él no hizo su parte para que estuviéramos por más tiempo juntos que el que habíamos estado, y me dejó con el peso del esfuerzo, toda transpirada, y las ganas a mí. 

Vaya a saber una por qué fue de ese modo en ese momento. Y sin obtener respuesta barajé supuestos.

Supongo que porque dormía en cuartos compartidos con otros turistas al estilo gitano. ¿Serían mixtos los cuartos? 

O porque se curtió a más de la mitad de las minitas del hostel y se arrepintió de golpe de que lo vieran conmigo.

O es que no daba para tanto este amor. Que me lo tuve que imaginar para que fuera completo. Además entiéndanme, chicas, él había acabado. ¡Si lo escucharan! Conmigo digo. Y para un segundo más no daba este amor. 

Y volvió a hacer de cuenta que no lo miraba. Y su mirada turquesa se volvió después. Que acá no….Que nos ven…. Que por favor… Que esperara un poco… Ya sin tanto calor, ni tequila, ni beso. Y el One wild night antes prometido se fue adormeciendo sin abrir la puerta de su habitación, porque nunca la abrimos, porque no supe cuál es.

 One wild night… y me fui despidiendo en el pasillo mosaico de tus labios fríos de un subte apretado, que azuleja mi apuro que separa a-tu-lado cuando me enteré que te ibas. One wild night… y corrí sin sandalias por las escaleras cenicienta de la línea E para enfriar mis pies en el mármol Toronto de la Plaza Dorrego donde estaba tu hostel. On wild night… y me encontré llorando en el “Ya se fue”. “Acá no estuvo”. “Yo no lo conozco, señorita”. “¿Cómo dijo que se llamaba, Ken?” “Hello”. “Hey”. “Bon chia”. “Comment ça va”. “Prosit”, me saludó un suizo con una cerveza Perlenbacher en la mano derecha invitándome un trago. Y casi que le digo que sí.  

 “Hola, hola, hola”, les dije a todos. ¿Conocen a Ken? Es rubio. Mire señorita, hay tanto rubio que se hospeda unos días acá y se va, que a decir verdad no me acuerdo. Espere que me fijo en la planilla de entrada a ver si lo registró la recepcionista, pero no estoy seguro porque a la mayoría ahora le cobramos en negro.

¿Ken dijo que se llamaba, no? Sí, Ken. Hágame el favor. A ver… Ken… Ken… Ken te dijo a vos… ¿Cómo sabés que es Ken su verdadero nombre? Puede que se llame Peter o Dimitri o John. ¡Nooo, capo…! John le decía yo por su parecido a Bon Jovi, pero se llama Ken. Él me lo dijo. A mí y a todas las chicas que participábamos de sus visitas guiadas a los bares temáticos de San Telmo a Palermo. 

Así se llama, Ken, ¡créame! y es canadiense. 

Aaah… me parece que sé quién es entonces. Por esto que me decís ahora de su parecido a Bon Jovi. Además se quiere radicar en el país porque conoció a una chica. ¿A una chica…? ¿Eso te dijo? ¿A qué chica conoció? A mí. 

Y ni bien dije eso, una pendeja chilena con ojos más tristes que los míos saltó de una silla dejando su tablet apoyada en la mesa con el facebook abierto, como si le molestara mi sola presencia. Y un poco celosa me puse al escuchar su tono, parecido al de la moza que se perdió entre las mesas del bar para no prepararnos aquel pisco sour como lo hacían en Chile o en el Perú. ¡Un pisco suave que se volvió un infierno! Y hasta me pareció que tenía, en el bolso de mano, el vestido verde que usaba esa noche en el Bar Reñaca, porque así se llamaba el bar donde nos besamos con Ken hasta la última gota de mi rouge borravino cuando me devolvió el beso y venía a traérselo.

Y un poco celosa me puse al escuchar su tono más triste que el mío, y eso ya era mucho. Me pidió que me fuera. Que corriera, que me apurara, que no iba a llegar a tiempo si no, que a lo mejor yo todavía podía pedirle que se quedara, retenido en el embarque de Air France con destino a Vancouver con traslado en Toronto. 

Y entre tanta promesa quedé dando vueltas en el aeropuerto de tela araña de cuero que su terciopelo negro mi cuerpo atrapó. Y corrí como loca a su encuentro sin darle las gracias a la chica chilena. ¿Cómo te llamás?, le pregunté por cortesía.  Juliana, me dijo. ¡Yo me llamo Lau! 

Y a un love de distancia estuve de hacerlo. Si no fuera por los ojos tristes de la chica chilena que me pasó adrede el dato equivocado y que a ella también la había dejado. 

¡Si la escucharan, chicas!, su relato de cuento tan parecido al mío. Y clavé en la mochila mi mirada moracha a cuanto gringo había esa tarde en aquel aeropuerto. Que me dio vuelta la espalda. Que miré extraviada con los ojos castaños de mi amor café. Pero él hizo de cuenta que no lo miraba y se fue. 

A trabajar al circuito de bares que va de Yrigoyen abajo hasta Bar Isidro siempre por el río, a Chile como tanto quería, o a Perú, y me hubiera ido con él si me lo hubiera pedido, pero no lo hizo. 

¿A su casa en Vancouver? Yo estaba pensando en la mía, aunque para eso tenía que hablar con mis viejos. Pero si me lo proponés, acepto. Claro que acepto en el viento tibio que sopla mi axila tu boca de encanto que envuelve cerezas. Claro que acepto en el viento frío que sopla a Vancouver veinticuatro horas de viaje después, pero el solo decirlo heló la propuesta. 

Que si se entera mi mamá me mata. Que si lo sabe mi padre también. Que mi hermano no me lo creyó cuando se lo contaba. ¿A dónde vas a ir? Si ni siquiera sabés hablar francés. ¡Ahora, pero estoy aprendiendo! Pero inglés hablo bastante bien. ¿O cómo te pensás que me comunicaba con Ken? ¿Pero no fue una sola noche? ¡Sí… pero una noche salvaje! En francés, en inglés, en turco si hubiera sido necesario hablaba. ¿Pero no me dijiste que solo se besaron y que casi no hablaron? ¡Buenoo… qué querés!, pero nos decíamos cosas al oído. ¿Pero no era que vos sola dijiste te amo y que él hacía de cuenta que no te escuchaba? Puede ser… ¡Pero en una relación qué importa quién lo dice primero! ¿Pero no es que te apartó de las demás chicas para que no lo vieran cuando te besaba? ¡Nooo… entendiste mal! Eso fue para tener más intimidad, porque estaba trabajando, el pobre. Si se escapó del laburo y todo para estar conmigo. A lo mejor por eso lo echaron y tuvo que irse y no pudo despedir sus labios en mi rouge borravino como hubiera querido. ¿Quién? ¿Él o vos? ¡Qué pesado! Ya te dije: “en una relación qué importa quién lo dice primero? ¡Encima como una boluda no le di mi teléfono! ¿Cómo va a ubicarme?

¿Pero este tipo no tenía una novia chilena? Novia, novia… Para mí que no era la novia. Seguro era un chape, pero nada más. 

¿Pero no sería por ella que él no quiso terminar la noche con vos en el hostel, que había vuelto antes de su trabajo? ¿Porque compartían cuarto? 

¡Eso yo no te lo dije! ¡Para mí que te lo inventaste vos! Está bien, estoy pensando en voz alta. Se me ocurrió ahora. ¿Pero puede ser, no? ¿No te parece…? No me dijiste que la viste tan desilusionada cuando te vio en el hostel. Eso me lo dijiste vos. No lo inventé yo. 

A lo mejor. Pero no puedo culparla por eso. ¡Es que es tan lindo…! ¡Tan lindo!

Pero ella no fue al aeropuerto. Porque no lo amaba como lo amo yo. Porque seguro su noche no fue tan salvaje, como fue la mía.

¿Te parece, Laura? ¿No se hospedaban en el mismo hostel?  Si a lo mejor hasta dormía en la cama pegada a la suya. ¡Eso no lo sé! ¿Pero vos sos mi hermano o el enemigo? Pero, pero… ¿Sabés como me tenés con el pero?

¡Tu hermano soy, Laura!  Pero lo que intento es abrirte los ojos, para que no sufras por una promesa. ¿Porque qué vas a ir a hacer vos, Laurita, con un tipo que recién conocés al Canadá? No lo conozco recién. Hace dos meses que vamos con las chicas a todas las salidas que él organizaba. Además es igual a Bon Jovi y eso me hace pensar que lo conozco de antes. De mi cuarto, de los posters que todavía conservo en las paredes borradas por mi rouge borravino, mirándolo por las noches con ojos castaños de amor en mi cama. ¿Pero no es que no pudieron llegar a su cuarto?

¡En eso tenés razón! ¡Qué boluda que fui! Tenía que haberlo de una invitado al mío, y que viera sus fotos besadas por años parecidas a él. Pero no lo hice.

Tampoco estaba segura si un amor llegaría de Canadá / San Telmo en remís a Adrogué. Y me quedé con los ojos castaños cegados de sal por las olas que rompen te-quieros, escuchando los bises. Y me devolvió de un sorbo hasta la última gota del rouge borravino que robó de mi boca en el mar turbulento turquesa que a mis ojos dejó. Y me quedé con los ojos cerrados revoloteando un “te-amo”.

 One wild night… y me fui despidiendo en el pasillo mosaico de tus labios fríos de un subte apretado, que azuleja mi apuro que separa a-tu-lado cuando me enteré que te ibas.

One wild night… y corrí sin sandalias por las escaleras cenicienta de la línea E para olvidar acaso que te había besado.

¿Por qué te vas? Si lo único que hice fue devolverte hasta la última gota de tu rouge borravino como me pediste. Y hace media hora o cuarenta minutos que estoy tocando la canción de Bon Jovi sólo para vos.

¡Perdoname, sí! Ahora que te miro te pareces un poco. Mientras tocabas despacio la cuerda afinada de mi corazón guitarro tu pelo revuelto con una canción. ¿Pero tenés los ojos más verdes que su mar turquesa? ¿Y tu pelo no está tan revuelto? ¿Y no sos canadiense?

¿Cómo te llamás?, me preguntó nervioso. Juliana le dije, en lugar de Laura, como si ella hubiera tenido más suerte que yo. Yo me llamo Marcos y voy a estar acá durante unos meses, en el pasillo mosaico en la desembocadura de la línea E tocando Bon Jovi.

¡Qué loco! ¡Es la primera vez que te veo y ya nos besamos! ¡Te pareces un poco a Bon Jovi! ¿Pero todavía no se bien en qué? En la voz, me dijo. 

Será por eso que escuché de nuevo mi cuento incompleto. ¡Si lo escucharan, chicas! Entenderían entonces porque me fui. En el recuerdo pisco de su beso canción.

 

 

 

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