Observo algo que antes no había notado y es que cada vez que mi esposa pasa ´por la biblioteca acaricia el cráneo suavemente igual que como lo hace con el mío.
La esquina
Las horas pasaban lentamente. Por algún motivo llegue retrasado. Ella no estaba, pero si su perfume. Esperé hasta que empezó a caer la noche.
Columnas - La Palabra 30/12/2020 Jorge Alberto Rampinini
POSDATA Digital Press | Argentina
Profesor en Tecnologías de información y comunicación
Era una tarde de noviembre. Ya más tranquilo iba planificando mi futuro, luego de haber concluido mis estudios. Siete años de universidad me daban la posibilidad de tener mi propio buffet de abogado. Fueron largos años de viajes a la capital, de noches sin dormir y de nervios contenidos ante cada examen. Pero entonces, tenía que tomar una decisión importante. Todavía siento entre risas y lágrimas las emociones vividas después de la graduación. Ahora debía enfrentar otro tipo de dilema ¿me quedo en esta ciudad chica y alejada, tratando de formar mi estudio, teniendo seres queridos a mi lado, o marcho a la gran ciudad con todo su esplendor y su ritmo infernal?
Casi podía ver el dolor, en el rostro de mi madre, sufriendo la partida, pero mordiéndose el labio y diciéndome que yo decida lo más conveniente.
Estaba completamente abstraído en mis pensamientos cuando la vi a ella, parada en la esquina. Aunque no la conocía, nos miramos tan intensamente como si nos estuviéramos esperando desde siempre. De una manera totalmente natural la tomé de la mano y nos fuimos juntos a caminar. Tomamos café en la mesita de un bar cercano a la terminal de micros, donde en otro momento pensé que emprendería mi partida. Hablamos de tantas cosas. Pronto nos envolvió la oscuridad. Las cálidas luces de las lámparas del lugar hacían que nuestras sombras se fundieran sobre el rojo mantel de la mesa. Más tarde la acompañé hasta la misma esquina donde la conocí.
Quedamos en vernos al día siguiente, a la misma hora. Hasta olvidé mis dudas. Me pregunté si, tal vez, el destino o misterios del lugar no me tendían una trampa obligándome a quedarme, engañándome, enredándome con una esperanza de amor. Ni siquiera su nombre me atreví a preguntar.
Las horas pasaban lentamente. Por algún motivo llegue retrasado. Ella no estaba, pero si su perfume. Esperé hasta que empezó a caer la noche.
Toda la ansiedad y optimismo que había sentido se fueron diluyendo. Y a medida que me alejaba de la esquina no lograba comprender que podría haber pasado…. ¿habrá otras tardes?
Fui al mismo bar y me atendió el mismo mozo. Mientras apoyaba, lentamente, el pocillo de café sobre la mesa me pregunto - ¿Al final se va a la ciudad?
Extrañado le pregunté — ¿yo dije eso?
— Si. Ayer estuvo y me relató que se estaba por ir.
— ¡vine solo! -- Le respondí asombrado. y agregué.
— No, realmente no me voy. Creo que ahora tengo motivos, ilusiones, tal vez, de que vuelva a encontrar lo que de alguna extraña manera está aquí, en algún lugar, seguramente a la vuelta de una esquina, esperándome…
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