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El crimen de Venancio

ll Parte.-¿Comienza a develarse el misterio?

La Cima Del Tiempo 29/05/2021 Sil Perez

IMAGEN EL CRIMEN DE VENANCIO II

POSDATA Digital Press | Argentina

sil Pérez
Por Sil Perez | Escritora | Poeta |  Miembro directivo de la Sociedad Argentina de Escritores |autora de obras literarias en géneros narrativo, lírico y didáctico. 

 

A horas de la merienda, entre pastelitos de membrillo y humeantes tazones de chocolate, asomaba en el ambiente un silencio cómplice.

—Parece que los amargos están tardando en llegar. 

Con entonación suave como la espalda de un bebé, Venancio Ruperto Aragón Echague enfiló su inquietud hacia la dama, que ya había sido presa de su mirada.

—Disculpe, mi nombre es…

—Conozco su nombre, señor Aragón, permítame presentarme —respondió con voz agrietada Rosaura, sin mirarlo a los ojos. 

Ante la quietud abrasadora, se presentó como la esposa del traductor don Ruperto Alfonso Albariños. Como un látigo en mi memoria, aún puedo sentir la fuerza de sus miradas. Un instante que jamás olvidaré.

Por entonces las distinguidas damas desfilaban por el zaguán con presumida atención mientras el violín contorneaba las primeras notas de lo que sería una de las tertulias más recordadas de la historia. Merodeando los murmullos, se podía ver la figura robusta de don José Astro Carreras, un hombre que promediaba los cuarenta, de cabellera blanca y de un andar cauteloso. Parecía controlar los pasos del atrevido federal.  

Como filosas flechas caían sobre el zaguán los últimos rayos de la tarde, mientras el alboroto de los infantes continuaba desorientando las miradas desconfiadas de esos curiosos que nunca faltan.  Aunque Rosaura era, a mi parecer, una mujer definida en sus convicciones, también se asumía apasionada en sus sentimientos.  No había disturbio que apabullase su cordura ni su accionar.

En el transcurso de la tarde, un fuerte viento de sudestada distrajo brevemente la mutua atracción. Por momentos la vida nos sorprende con circunstancias que, por efímeras, suelen consolidarse eternas. Lo cierto es que aquella tarde fui testigo de la alquimia que consumió un deseo desenfrenado. Sus miradas ausentes del resto solo daban testimonio de ello. 

Al atravesar el jardín de los Sastre, se podía sentir en la piel el aroma persistente que ocasionaban los nísperos y las acacias, distribuidos casi de manera geométrica. La copa de los árboles cubría con excelsa soberbia los espacios de recreación. Desde ese camino frondoso se llegaba al casco principal. El amplio living estaba amoblado con sillones de fauteuil en cabriolet, tapizados con  arabescos y con suaves detalles de marquetería pictórica, que hacían, junto con el barniz laqueado, relucir los muebles de una manera especial. Allí, distribuidos sobre un añoso escritorio Bureau du Roi, se encontraba Ruperto Albariños junto a tres caballeros, quienes disputaban un entusiasta juego de póquer al estilo Nueva Orleans. El juego discurría entre habanos correntinos y vaivenes políticos. Con sutileza de buen entendedor, las álgidas conversaciones tenían sustento en la Guerra Civil del Norte, en la muerte de Quiroga y, por supuesto, en el inminente ingreso de Manuel Quebracho López a la fuerza rosista. 

Mientras tanto, allá afuera, la tarde crujía su agonía, y ello hacía pensar a Rosaura que el tiempo se había estancado en aquella penumbrosa atracción. Su intuición y su obsesión por los detalles la mantenían a menudo en vilo. Uno de estos, sin dudas, fue ver a la mulata Noel Yumbá, la negra casera de los Casado Sastre cebando mates a los invitados con cierta alteración. Era una esclava de la costa oriental que se destacaba por su eficaz desempeño en las tareas domésticas y, sobre todo, por su acentuada discreción. Aquella tarde, la madre de los pequeños la percibió nerviosa mientras acercaba a los concurrentes un espumante mate amargo, servido en recipiente cheruá (como lo llaman los guaraníes).  En un descuido, la mulata giró su mano derecha y volcó el agua hirviendo sobre el brazo izquierdo del gobernador sanjuanino, el militar Nazario Benavidez. No fue el único incidente, pero sí el más notable. Noel estaba acostumbrada a servir en las innumerables reuniones sociales. Era claro que algo más la perturbaba. 

El cielo comenzaba a enhebrar los primeros destellos de un lucero instalado en el horizonte. Aquella noche, Rosaura y Venancio se despidieron con galantería picaresca. Dicen, en el pueblo de la Confederación Argentina, que los vieron en reiteradas oportunidades en cercanías de Los Mataderos del Sud.  Improvisados por el cruce del destino, la vigía de José Astro Carreras era por demás constante. Ese hombre de acentuadas cejas negras y bigotes como lanzas encorvadas acompañaba a Venancio a cualquier lugar. Era su sombra, o tal vez mucho más que eso. Su apariencia solitaria y persistente contorneaba la fisonomía del misterio. Lo cierto es que el temor de la mulata Noel Yumbá no fue en vano. Algo había visto los días previos a la tertulia. Algo había alterado su atención al momento repentino de toparse con las presencias de José y Venancio deambulando por los aromáticos jardines de los Casado Sastre.

—El cuerpo aún yace sobre su cama —esa  fue la acotación del oficial Romualdo Gastaldi, efectivo de la Policía de Buenos Aires, quien con ansias esperaba la llegada del médico forense.  

El rostro desangrado de quien en vida había sido Venancio Ruperto Aragón Echague pronosticaba ser ya primera plana de El Zonda. Sin testigos que dieran precisiones, las conjeturas comenzaron a avanzar. Su muerte sorpresiva, como todas, dejó evidencia de que la violencia engendrada no había sido casual. Sus brazos tajeados por un cuchillo de campo revelaban sentimientos de venganza y repudio.  Lo cierto era que sus ojos abiertos hasta el universo habían visto más allá de lo esperado.  Aquella noche, al observar su cuerpo vencido por la agonía, no hice más que detenerme en un pensamiento: la lucha desenfrenada por la vida nos perpetúa y nos iguala.  Se apagan los ojos en la abertura lúcida de la conciencia, para renacer luego en la mirada del tiempo y de la reflexión. Nos sentimos ausentes y nos elevamos hasta lo etéreo, sin importar así las leyes terrenales que nos circundan. Venancio Ruperto Aragón Echague tuvo enemigos acérrimos. Fue un hombre mujeriego, político inescrupuloso y estafador como su cómplice cercano, José Astor Carreras. Ya lo dice el conocido refrán: «No se puede estar en la misa y en la procesión». Y, a decir verdad, La Santa Federación no perdona las traiciones. Hoy me percibo en la ausencia de saber que las almas son también reliquias de palabras que no se dijeron, de momentos que no se atrevieron a ser y de ideales que no supieron anclarse en la verdad y en los principios. 

 

 


Primera parte acá:

z25882719V,Kryminaly-to-jedne-z-najbardziej-popularnych-ksiazEl crimen de Venancio

2º edición de Tú y Yo,(Vínculos), una  recopilación de los  cuentos y relatos inéditos del escritor Luis García Orihuela y Sil Perez publicados en POSDATA.

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