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Un mural en sepia

" El relieve pictórico en sepia integraba opulento el escenario habitual de charlas, entre cortados, medialunas y cervezas futboleras".

La Cima Del Tiempo 26/10/2021 Sil Perez
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Crédito:wikipedia

POSDATA Digital Press | Argentina

 

sil Pérez
Por Sil Perez | Escritora | Poeta | Miembro  directivo de la SADE (Lomas)


"El relieve pictórico en sepia integraba opulento el escenario habitual de charlas, entre cortados, medialunas y cervezas futboleras". 
 (Obra de la autora, anticipo de  la antología segunda de Cautiva Ediciones 10/2021

 

Asomaba con la mirada atenta y con el cuerpo inquieto. Parecía una marioneta en pleno dominio de escena. Con su cuerpo delgado y levemente arqueado, se paseaba soberano entre la muchedumbre nocturna. Al final, se sentaba a la mesa rústica de siempre y se pedía un Martini doble con hielo.

Él no lo sabía, pero Jorobita era el apodo que discretamente le habían asignado. Por aquel entonces era frecuente bautizar a los habitués de un bar… Aperitivos picarescos de pueblerinos ferroviarios… Al fin y al cabo, en aquellos talleres de Escalada, el entretenimiento había que hacerlo andar como una locomotora. 

La cuestión es que ya, a las siete de la tarde, la muchachada del barrio comenzaba a acercarse al tradicional bar El andén, un típico restaurante de paredes color maíz. Un toldo de color verde militar propiciaba el ingreso a los comensales. Su acceso lo facilitaba una puerta de madera de vidrios repartidos en seis. Ya en su interior, la barra soberbia frenaba el paso a los indecisos. El despliegue ostentoso de bebidas distribuidas en perfecto orden obnubilaba a cualquier vecino, especialmente a los débiles de paladar.  Si el frenético encuentro con ese mueble de roble no era suficiente, el mural en gigantografía de la vieja estación Remedios de Escalada, plantado omnipotente sobre su lateral izquierdo, seducía a cualquier curioso transeúnte. Los techos de chapa de los salones de espera parecían caer al precipicio de la nostalgia. El relieve pictórico en sepia integraba opulento el escenario habitual de charlas, entre cortados, medialunas y cervezas futboleras. El barrio era un recoveco de pasos y de voces anglosajonas que guardaba, en el fondo de su calma, una historia de rieles y de ladrillos Morrison, edificación de la esperanza inmigrante.

En la barra fileteada con tonos verde militar, el mozo de bigotes prominentes preparaba los tragos largos más buscados. Por esa cercanía asomaba Pañalín, un hombre de estatura baja que promediaba los sesenta. Solía llevar pantalones pinzados negros que ajustaban su trasero como un pañal de bebé. Era muy cómico verlo caminar con ese andar compadrito. Solía juntarse con sus amigos, quienes lo respetaban por sus ademanes de enojo al hablar.  Es que en el Andén se entretejían reuniones futbolísticas a toda hora y, aunque la fisonomía del barrio era propiamente inglesa, los tanos mantenían viva la efusiva tradición nata de la gesticulación.  En fin, nadie escapaba de las miradas criticonas a la hora del encuentro. Pero también eso tenía su punto, ya que todos esperaban a los clientes para hacer la previa de la ronda vespertina.

Seguidamente, atravesaba la opulenta puerta rústica el hombre del gran misterio, un robusto chueco de pelo largo hasta la nuca y con una pachorra que hasta daba envidia. Solía asomar acompañado de una señorita, a quien notablemente la duplicaba en edad. En ese rincón, los costosos platos y bebidas consumidos a lo largo de la noche eran motivo suficiente para hacer de las opiniones un monumento a la reserva. 

Las horas iniciaban su trayecto, y el bullicio iba tomando al Andén, protagonista de la noche.  Las primeras mesas se habían dispuesto en círculo para bordear la acústica de la banda que daría la exclusividad. Ese sábado invernal, como muchos otros, tocaba nada menos que Cándida Eréndira, un grupo integrado por tres músicos de percusión, guitarra y voz, que abrían tablas con temas de trova cubana, rock, blues, jazz y algunas baladas. 

La pueblada contaba los minutos para reunirse en el único bar que rodeaba los tradicionales talleres. Extirpar el letargo semanal era un objetivo colectivo. Afuera, el frío carcomía los huesos de los transeúntes que merodeaban, con ganas de atravesar el portal.

El clima nocturno comenzaba a ahondar las primeras exaltaciones. El sonido de la viola se discurría entre la muchedumbre como tenues gotas de lluvia. El ambiente se imponía con aromas de sabrosos solomillos de ternera, y con coloridas copas de Cabernet Sauvignon. Aunque más de uno optaba por los imperdibles chivitos uruguayos y por las jugosas empanadas criollas. 

Todo en su sabia armonía se disponía para dar inicio a la tertulia del placer.  

Hay locuras sin nombres, sin fechas, sin curas, que no vale la pena curar…

 En una nota de sol amanecían las primeras ilusiones. El guitarrista apropiaba sus manos al culto caribeño que con acentuada voz desafiaba al cubano Silvio Rodríguez.  

 Ahora que la noche es un rumor de risa ajena, que se aleja por la calle y nos congela el corazón…  

 Las neuronas comenzaban a tiritar cuando las cuerdas cautelosas tributaban a Ismael Serrano. Por esas horas, el tumulto era ya asombro de la concurrencia. Las mesas dispuestas en círculos se disponían a la liturgia anunciada. Nadie quedaría librado de esta maraña de poesía trovadoresca que abrazaba el ambiente amaderado del viejo Andén. 

Jorobita solía andar de aquí para allá en busca de charlas con los amigos del barrio, que no serían otros que los mismos con quienes había compartido café por la mañana. Encuentros revestidos de anécdotas, con ruidos a copas y con desafinados tarareos eran los ingredientes infaltables de cada mesa.  Aun así, el bochinche era ciertamente favorable para este personaje de lentes y cabellera a la gomina, quien, inmiscuido en los vericuetos políticos, solía hacer alarde de contactos y proyectos en curso. Su balbuceo era confuso y entrecortado, cosa de distraer a la gilada que hacía un soberano esfuerzo inútil por seguir el ritmo de sus palabras inconclusas. ¡Qué personaje, Jorobita!  Sabía todo de antemano. Cuentan que, una noche de intenso calor, se había cortado la luz en todo el vecindario y, en medio de la oscuridad absoluta, apareció descalzo y de bermudas por la calle Beltrán, asegurando que la luz retomaría a las 02.15 de la madrugada. Nadie lo pudo creer cuando en verdad ocurrió con idéntica exactitud. 

Pero la noche en el Andén no hacía promesas en vano. Rauda y frenética, la voz del cantante ascendía aguda hasta la cima del deseo. El músico, además de ser dueño de una voz aguda sobresaliente, tenía un aspecto seductor que atraía a más de una. Los temas de Sabina le quedaban pintados. Y ni que hablar de su fisonomía exótica. ¡Estaba más bueno que comer pollo con la mano! 

 Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks, en vez de fingir, o, estrellarme una copa de celos, le dio por reír.

  Sonaban las primeras notas; la letra era un coro compacto que estremecía a todos con simultánea intensidad. 

Norberto, el dueño del emprendimiento, agasajaba a los concurrentes con una copa invitación de la casa. Los cánticos y la euforia ocasionada por las rítmicas palmadas acústicas en el bombo daban paso al efusivo despliegue escénico del barman quien, con una gorra de guarda azul bordada con finos hilos color bronce, hacía maniobras sobre su melena color habano y agitaba con fuerza los tragos más apetecibles. 

Norbert, como solían llamarlo los allegados, era un querido bohemio de ojos almendrados y barba pronunciada. Se lo veía muy cerca de la barra observando discreto la distribución del espacio y las necesidades de cada comensal.  Generoso y servicial, había anclado en el barrio una misión terrenal: instalar la felicidad en el pueblo ferroviario. 

El Pueblo de los Talleres había dado origen a su colonia allá por el mil novecientos. Las viviendas de arquitectura inglesa habían sido destinadas a los jefes de tracción y a los almacenes. Se habían construido casas para los auxiliares del jefe, para los encargados y para los inspectores de locomotoras. No era casual el encuentro de sus descendientes en el bar, ni que ese reducto gastronómico se denominara El Andén. A la música trova los acoplaba la historia y la tradición de abrazarse a los murmullos del pasado. Al decir verdad, todo era un regresar continuo. Pero la muerte suele traducir el lenguaje rudo de la existencia para situar al ser en su levedad finita. Sin Norberto, ya nada volvió a ser lo mismo. Cándida Eréndira, ese grupo llamado así en honor a una novela de García Márquez, emigró como las golondrinas a otros horizontes.  Y, aunque los encuentros sociales intentaron replicar los momentos vividos, la magia nunca regresó.  

Cuentan quienes aún conservan vestigios de sus recuerdos que el viento pampeano suele atraer, al imponente edificio vidriado, los aplausos y las voces tarareadas de los vecinos de antaño. Y que las ráfagas suelen llegar hasta el último piso donde, implacables, yacen los balbuceos confusos de Jorobita. Los ladrillos de Morrison ya no edificarán casas inglesas, pero los carriles del tiempo tampoco derrumbarán los momentos vividos en los cimientos del legendario Andén.

 

 

 

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