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Plinio, el testigo

La Cima Del Tiempo 29/10/2021 Sil Perez
plinio el joven
Crédito:Pixabay

POSDATA Digital Press | Argentina

sil Pérez

Por Sil Perez | Escritora | Poeta | Mimbro directivo de SADE (Lomas)


Estaba nublado como la mayoría de los días en agosto. Aún así el sol oculto recorría las paredes de las tabernas a orillas de la Campania y caía vencido sobre los techos tejados, como un manto  de ribetes rojos. Los gorriones Moruños refrescaban sus mejillas blancas en los canales fluviales que trazaba la costa pedregosa del Tirreno. Plinio había decido emprender un viaje breve hacia Miceno. La mañana se anunciaba y Duilio, como de costumbre se encontraba en el macellium, el mercado de alimentos donde a orillas del Monte vendía las bebidas frías a los asiduos transeúntes. La Campania era una ciudad fértil donde sus vinos Falerno ardían en el paladar con el sabor amaderado que propiciaba su tono blanco refinado. Por las calles de piedra rectas y multitudinarias Eligio trazaba rombos en el aire con una rueda de arcilla que llevaba consigo como un tesoro divino. No era fácil ser niño pobre pero su madre Gaia no perdía las esperanzas de enlazar el futuro de su primogénito a la vida próspera de Hebe. La niña de pies descalzos y rasgados por la aspereza de las piedras, solía pasearse con curiosidad por el Templo de Júpiter. La adoración a Juno y a Minerva conspiraban con su corta rebeldía. Su andar inquieto sellaba sobre su piel el ajuar de la fertilidad y de la deidad de Harpócrates. 

Dalmacio un hombre de facciones agrietadas era un comerciante del legendario termopolio romano. Solía distribuir las mesas y banquetas para exponer soberbio sus quesos, panes y olivas a los transeúntes samnitas.  A metros de su prominente negocio se imponía una puerta de bronce que se abría fastuoso al Foro donde los pompeyanos se deslumbraban con Plauto, y se estremecían con las luchas de los fornidos gladiadores, como Mirmillón.

Promediaba la noche. Los pájaros se habían adueñado del silencio abismal que cruzaba las regiones de Herculano y Pompeya . De repente, como de las garras de un dragón oculto emergió una nubosidad negra que dibujó en el cielo lenguas de llamas, humo y lava. A lo lejos del pueblo, y sobre la planicie de un Tirreno aun dormido, una bocanada de fuego se abría solemne al universo. Un espejo de sangre ardiente descendía abrupto por las laderas del Monte pletórico de almas. Los pies de Hebe descalzos se perdían ante los ojos impotentes de Plinio. El poeta, testigo del rostro tembloroso de un Vulcano que sepultó en sus látigos de llamas los sueños de aquel verano. 

El tiempo calcinó el instante e inmortalizó en cenizas las huellas y las voces agónicas que aún hoy tronan en la garganta voraz de un Vesubio durmiente.

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