Industria NacioMal

La columna de Eduardo Por Eduardo Sdrvente
El mercado argentino nunca fue suficiente para desarrollar una industria pujante, por lo que el industrial siempre buscó que se lo protegiera.

Industria NacioMAL.PDComposición fotográfica:P.D.




POSDATA Digital Press | Argentina

Eduardo ServentePor Eduardo Servente | Ingeniero Civil 

No está mal escrito. Cuando era joven, en mis lozanos veintipico de años, mi concuñado Chacho, se refería así a la industria argentina, ridiculizándola por su falta de calidad al compararla con objetos provenientes de otros lugares.

La Industria Nació Mal celebra su día el 2 de septiembre recordando el primer embarque de producción local de tejidos y sacos de harina confeccionados en Santiago del Estero, pero el barco iba cargado en su mayor porcentaje con contrabando de plata proveniente de Potosí. Sí, nació mal.

Sin duda somos un país agrícola ganadero, pero eso no quiere decir que la industria nunca existió; por el contrario siempre tuvo la oportunidad de desarrollarse a pesar de estar muy lejos de los grandes mercados mundiales.

Cuando se dejó de pensar tanto en ese país dedicado al agro y se trató de industrializar a la nación, se recorrió un camino forzado del que prácticamente nunca nos liberamos. Se pensó que protegiendo a la industria nacional íbamos a tener una potencia industrial comparable con el mundo desarrollado.

Tan desconectados del mundo estábamos que nos vendieron el mismo Ford Falcon durante casi 30 años, y menciono un producto, una marca, solo a modo de ejemplo, porque sucedió lo mismo con toda la industria.

El mercado argentino nunca fue suficiente para desarrollar una industria pujante, por lo que el industrial siempre buscó que se lo protegiera. Restricciones de importación, subsidios, preferencias, prohibiciones, etc. Casi siempre se buscó la posibilidad de no competir, y nunca la posibilidad de mejorar los costos y la producción.

Es cierto que gran parte de los costos no dependen de los empresarios. La carga impositiva para alimentar un estado enorme e ineficiente hace que todo sea caro. Las cargas laborales y la legislación restrictiva hace que sea inconveniente contratar o emplear a nadie. Cada vez es más difícil hacer negocios en Argentina.

Es por eso, que el empresario argentino, siempre hizo lobby para que no lo hicieran competir con empresas extranjeras, y como siempre existió en nuestro país esa tendencia arcaica nacionalista y un grado de corrupción importante, la industria argentina, la “industria nació mal” no compitió y no mejoró.

El ejemplo del Falcon que comentaba más arriba fue uno de tantos. Modelos de autos que perduraron varios años hubo muchos, y cada dos años se les cambiaba los farolitos y teníamos un espectacular nuevo modelo; si hasta hubo años que había que comprar aparte la rueda de auxilio, y ni podías pensar en elegir color. Siempre que comprábamos algo para el hogar, o teníamos que comprar piezas aparte o bien para armar lo que deseábamos tener teníamos que seguir un curso de seis años de ingeniería.

Por otro lado, podíamos comprar en los kioscos la “Mecánica Popular” donde con su traducción mexicana nos enseñaba: “hágalo usted mismo”, y nos resultaba más gracioso que una revista de historietas porque en ningún lado podríamos conseguir todas las piezas que funcionaran bien para hacerlo nosotros mismos.

Esa falta de calidad de la industria nacional sigue existiendo ahora. Quizás en menor medida porque hay mayor contacto con el extranjero y el empresario tiene algo de vergüenza y hace un mínimo control de calidad.

Lo mismo podemos decir de los servicios. Que la luz, que el teléfono, que los celulares, que internet, que el cable, que el subte, que los trenes, que AeroRRUINAS Argentinas (otro nombre inventado por Chacho), cualquier servicio que pretendamos tener, tiene falencias importantes que sabemos que afuera no existen.

Los clavos se doblan, los tornillos se falsean, los estantes no calzan, abro un paquete de galletitas y se rompe el papel, abro un yogur o un queso crema y se rompe el aluminio, quiero usar la manteca en el restaurant y no encuentro cómo abrir el envoltorio, compro un desodorante y no corre la bolilla… Si pensamos en los ejemplos más caseros veremos que muchas veces protestamos contra nuestra industria nacional.

¿Cuál es la solución?

¿Acaso un lobby más fuerte y hundirnos más en nuestro arcaico nacionalismo (necionalismo)?

¿Convencer al gobierno de turno para que a su vez convenza a nuestros vecinos, a los chinos, a los coreanos, a los yanquis, a los alemanes, a los malayos…, es decir a todo el mundo, que bajen la calidad de sus productos, que paguen mejores sueldos y que suban los impuestos, así nuestra industria nacional puede competir y vender en el pequeño mercado argentino?

De esa manera los empresarios elegidos quizás logren hacer un pequeño negocio redituable, pero los 44 millones de argentinos seguiremos “manejando el Falcon”.

No parece muy razonable.

¿O será que la solución es que se acomoden los impuestos internos, que se flexibilice la legislación laboral, se mejoren las condiciones de transporte interno, se ayude a las empresas pujantes a competir en el exterior y se haga competir al empresario argentino con empresarios de todo el mundo?

Así los 44 millones de argentinos tendremos la posibilidad de elegir lo mejor, los empresarios podrán competir y crear y desarrollar grandes empresas en serio que compitan mundialmente y además tendrán la posibilidad de crear muchísimos más empleos y mejor pagos, es decir los argentinos tendremos más trabajo; así el estado necesariamente deberá ser más eficiente y cobrará más impuestos para dedicarlos adonde se los debe dedicar.

Así, con ese cambio, la vieja “Industria NacioMal” se transformará en una pujante “Industria Nacional” y lo sentiremos todos los argentinos.

Te puede interesar

Boletín de noticias

Te puede interesar