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Las cosas de Dios

Al final todo llega. Después de haber transcurrido incontables siglos, en el cielo estaban de reformas. Así como suena.

El Arca de Luis 27/01/2021 Luis García Orihuela

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Luis García Orihuela
Por Luis García Orihuela | Escritor | Poeta | Dibujante


Al final todo llega. Después de haber transcurrido incontables siglos, en el cielo estaban de reformas. Así como suena.

Ángeles, y personal subalterno, se afanaban en llevar nubes de un sitio a otro, aunque sin tener las ideas muy claras del a dónde llevarlas, o del porqué, debían de hacerlo.

Eran tantas las quejas por ruidos las recibidas formalmente a través de los santos, que Dios en persona  había decido atenderlas Él personalmente. El sonido que propagaban en las tormentas los truenos era el motivo causante de la reciente reforma. Al menos, eso era lo que se rumoreaba por los pasillos del Purgatorio.

En un arranque de genialidad (innato en un dios) había decidido usar las nubes a modo de tabique de aislamiento. Algo nunca antes hecho desde el inicio de los tiempos. Pero bueno, Dios era y es así. Tan imprevisible en sus cosas. Ya se sabe. Tal es así, que en lugar de hacer la reforma con tan solo desearlo, se me presentó como voz salida de todos los lados y me conminó, a mi, a dirigir tan magna obra.

 Ni que decir tiene que no se le puede ir con excusas para rechazar su mandato. Su palabra es Ley y por lo tanto de obligado cumplimiento. Me abría gustado hablar con Él sobre la modernización ya puestos de nuestras vestimentas en el Cielo, (de andar por casa) y el desfasado uso de las alas en nuestras apariciones ante propios y extraños,  abajo en la Tierra. Pero me consta es muy terco. Le encanta el ver luego los cuadros que hacen los grandes artistas para representarnos en sus lienzos. Por otro lado, como Él está en todas partes y lo sabe todo, tengo la certeza de que sin haberle dicho nada, ya lo sabe. Así que ahí lo dejé. En verdad no se si con satisfacción o no.

—¿A dónde vas con esa tormenta? —le dije sin despegar los labios a un ángel sin nombre que pasaba con prisas.— Pareces llevar una prisa del diab… ¡Ay caraj…! Siempre se me escapa.

—Han traído un ciclón muy grande. Tan grande es que esta tormenta no cabía.

—¿Y a dónde la llevas? —le pregunté intuyendo la respuesta. La expresión de su colorado rostro, su zozobra en ese momento, lo decía todo.

— No me dijeron a dónde dejarla. Tan sólo que la lleve a dónde no moleste.

—Sigue pues y hazlo así, mi alado ángel. Ve con Dios.

—Con Él voy. Muchas gracias. Bendiciones. San Pedro… ¿verdad?

Ya me iba cuando al escuchar al ángel sin nombre, me he detenido y dado la vuelta. Le he mirado más intensamente, intentando recordar si ya le conocía de antes. Pero no. Un rostro hermoso, como es con todos los ángeles.

—¿Te conozco?

—Pues no. Yo diría que nunca nos hemos ni tan siquiera cruzado. Suelo tener buena memoria para recordar rostros y nombres, Me acordaría si así fuese.

—¿Entonces? No comprendo... ¿Cómo acertaste mi nombre? ¿Suerte? ¿Nos vimos quizás, alguna vez, en el lago de Tiberiades? 

—Oh, no. Nunca he estado en el mar de Galilea. Se refiere a ese… ¿verdad?

—En verdad te digo que así es.

—Pues no. Como dije, nunca estuve en dicho lugar.

Tendrías que haber visto allí a Jesús caminando entre las aguas. Fue algo increíble de verdad. Pero entonces las cosas se hacían de otra manera. Ahora eso si, ese lago para echar las redes y pescar es malísimo. De no ser por la ayudita que nos dio… En fin. Te dejo, que si no me enrollo.

—¡Vaya con Dios!

—Con el voy. Aunque ni idea de a dónde voy.

 Tres nubes más adelante me he encontrado con un gran trajín de ángeles haciendo cola. Algunos parecían bastante airados, cosa nada habitual en el Cielo. Me he acercado a ver la causa de tal alboroto. Uno de ellos llevaba la voz cantante.

—Es que esto no puede ser. No hay derecho. Llevamos horas esperando nos abran.

—Tampoco es que nos mueva la prisa —dice un rollizo y sonrosado querubín— Las cosas de palacio… ya se sabe,

—Van despacio —apuntilla otro ángel cargado con una ristra de truenos y haciéndose el instruido.

—Pero esto no es un palacio. ¡Es el Reino de los Cielos! ¡Por Dios!, luego los sindicatos bien que buscan el que les votemos cuando llegan las elecciones, pero a la hora de la verdad, nunca están cuando se les necesita.

—Pues ya vendrá a abrir —dice un serafín con aire de autoridad mientras bate sus seis alas con dignidad manifiesta.

—¡Mirad, pero si está aquí Pedro! 

Ha señalado hacia dónde estaba yo. Pensando el que se refiriese a algún otro Pedro, he mirado a mis espaldas. Tan sólo una pequeña nubecilla alejándose en busca de una zona más calida. De pronto todos han callado y acercándose a mi encuentro me han saludado por mi nombre.

—Pero bueno, ¿Cómo es que todos sabéis de mi, cuándo yo no se nada de vosotros?

Desde el fondo, alguien con voz inocente, como si nunca hubiese roto un plato, ha contestado a mi ingenua pero pertinaz pregunta.

—Hombre, pues por que llevas colgando en la cintura las llaves del Reino de los Cielos.

—¡Jesús!

—Él mismo te las dio.

Y es que los siglos no pasan en balde.

 


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